hace 2 horas - ARGENTINA
WASHINGTON.– En los vertiginosos 15 meses que lleva al frente de la Casa Blanca, Donald Trump sacudió el orden global a una velocidad inusitada con decisiones de altísimo impacto, desde intervenciones en el extranjero –con el conflicto bélico con Irán como su apuesta más arriesgada–, la guerra comercial y sus ambiciones expansionistas a las disputas con históricos aliados de Estados Unidos.
La disrupción de su segundo mandato llevó a los académicos a revisar las terminologías para explicar este fenómeno en la política exterior del presidente republicano, y el norteamericano Abraham Newman, experto en asuntos internacionales de la Universidad de Georgetown, en Washington, acuñó el de “neomonarquismo”, con el que describe un “nuevo orden mundial impulsado no por intereses nacionales, sino por gobernantes personalistas y sus élites privilegiadas”.
En una entrevista con LA NACION, el politólogo explica que este fenómeno no es exclusivo de Trump, y que otros países giraron hacia un estilo de gobierno personalista, “que luego alimenta este tipo de orden internacional neomonárquico”. Sostiene, además, que la guerra con Irán “ejemplifica las implicaciones” de este nuevo orden.
Según el académico –que adoptó el concepto junto a la politóloga Stacie Goddard, del Wellesley College–, Trump está interesado en exportar su estilo de gobierno a otros países, “ya que parte del argumento neomonárquico es que hay que legitimar y deslegitimar otros sistemas de ordenamiento para poder legitimar la propia versión”.
En ese sentido, respecto a la afinidad de Trump con el presidente Javier Milei, Newman remarca que la “perspectiva neomonárquica” ayuda a comprender “por qué Estados Unidos está tan cerca de la Argentina en este momento”.
–¿Cómo definiría la “política internacional neomonárquica” y por qué cree que es el término que mejor explica la política exterior de Trump en su segundo mandato?
–Lo interesante es que podemos imaginar un mundo impulsado no por intereses nacionales, sino por los de gobernantes personalistas y su corte, sus élites privilegiadas. Y creo que el argumento es que así es como funcionó la política internacional durante la mayor parte de la historia, y que tiene una lógica diferente a la que estamos acostumbrados. Así que ahora, con el fin del orden internacional basado en reglas, la gente se pregunta qué vendrá después, y lo primero que se suele pensar es en un mundo de competencia entre grandes potencias, con bloques, como Estados Unidos contra China, una nueva guerra fría o algo similar. Simplemente no vemos que eso suceda. En cambio, vemos que hay bastante de lo que llamaríamos una colusión entre grandes potencias. Que Estados Unidos le esté abriendo oportunidades a Rusia contra Ucrania, que sea menos estricto con las restricciones tecnológicas a China, son cosas que no encajan con la visión del siglo XIX de la política de las grandes potencias, y de ahí viene el argumento del neomonarquismo. ¿Qué pasaría si las grandes potencias no fueran el centro del futuro, sino que se tratara de cortes de gobernantes personalistas y sus élites privilegiadas?
–En un artículo publicado en The New York Times describe alianzas basadas en lealtades personales, el castigo a los críticos y decisiones económicas que favorecen al círculo íntimo de Trump. ¿Cree que existen condiciones particulares en el mundo actual que le permiten avanzar con este estilo de política exterior?
–Sí, y diría que esto no es solo un fenómeno de Trump. En las últimas décadas se produjo una erosión de lo que Goddard y yo llamaríamos la toma de decisiones burocrática del Estado. Max Weber tenía esta idea de cómo organizar los gobiernos. Una de ellas era una burocracia que implicaba un gobierno a distancia entre las personas y sus gobernantes. Cuando escribió esto, lo oponía a lo que él llamaba gobernantes personalistas, que se basaban más en el clientelismo y en ese tipo de lazos de parentesco. Así, hemos visto la erosión del Estado burocrático. Pero esto no es solo algo de Estados Unidos. Pensemos en Rusia, Hungría, Turquía o la India. Muchos países se han ido alejando de este tipo de estilo de gobernanza interna hacia uno que gira más en torno a gobernantes personalistas, y que luego alimenta este tipo de orden internacional neomonárquico.
–En esta descripción, ¿cómo encuadraría la guerra con Irán?
–En muchos sentidos, la guerra con Irán ejemplifica las implicaciones de un mundo neomonárquico. Los informes dejan claro que la decisión de atacar no fue el resultado de un profundo proceso de toma de decisiones interinstitucional ni de simulacros bélicos burocráticos; por el contrario, se dejó en manos de los instintos de Trump. El hecho de que la administración pareciera sorprendida por el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán es el resultado natural de este tipo de política exterior. Y, lamentablemente, ahora todos estamos pagando el precio a través de la perturbación de los mercados energéticos.
–¿Qué diferencias encuentra entre la política exterior del primer mandato de Trump y el segundo? ¿Se imaginaba que sería así?
–Esperaba que fuera más impredecible, pero realmente no esperaba que fuera tan dramático. Goddard y yo podríamos pensar lo que está sucediendo ahora como una especie de reordenamiento del sistema. Y realmente no lo había previsto antes de que él asumiera como presidente en enero de 2025, pero en los primeros meses quedó bastante claro que se trataba de un proyecto más amplio, no solo en los márgenes.
–Usted señaló que la reacción mundial al “neomonarquismo” de Trump había sido moderada al principio, pero que ahora está empezando a surgir una resistencia. ¿Esto podría expandirse y convertirse en un verdadero contrapeso a sus ambiciones?
–Es muy importante señalar que este sistema no está consolidado. No es algo inevitable. Pero, al mismo tiempo, muchos gobiernos poderosos, ya sea Estados Unidos, Rusia o China, tienen afinidades con este tipo de mundo, así que no basta con contener la respiración y esperar a que desaparezca. Es necesario un esfuerzo por crear una alternativa, y por eso creo que el discurso en Davos de [el primer ministro canadiense] Mark Carney fue un gran comienzo, porque él mismo recalcó que esto no desaparecerá sin más. Creo que los recientes esfuerzos de la Unión Europea por acelerar los acuerdos comerciales con socios de todo el mundo son otra señal de que algo está sucediendo. Y también hubo una fuerte reacción a la política norteamericana sobre Groenlandia, en particular entre los aliados de Estados Unidos, de que no puede seguir con sus asuntos como si nada.
–La derrota electoral del primer ministro húngaro, Viktor Orban, aliado de Trump en Europa, tuvo un impacto en ese sentido.
–Constituye un indicador importante de que el orden neomonarquista no está plenamente consolidado. La acción organizada puede generar cambios. Sin embargo, nadie debería pensar que una sola elección resolverá el problema. Las fuerzas que nos trajeron a Orban no van a rendirse. Hemos visto esto en Polonia, por ejemplo. Es más, la oposición en Hungría a menudo fue protegida y respaldada por la UE. Pero la conclusión fundamental es el mensaje del ganador de las elecciones húngaras, Peter Magyar: no viviremos con miedo.
–¿Cuál es entonces la alternativa a la visión de mundo “neomonárquico” que propone Trump?
–Estuve abogando por lo que llamo una nueva Liga Hanseática [en referencia a la red comercial y defensiva medieval europea]. Se trata básicamente de un grupo de países que se beneficien y cuya prosperidad esté ligada a una alianza comercial. Ya sea Europa, Australia, Corea del Sur o Japón, su futuro depende de su capacidad para seguir interactuando. Se trata de un grupo de países que tendrían que decir “si vas a ser socio, eso conlleva cierta responsabilidad y también privilegios”.
–Mencionó el acuerdo entre la UE y el Mercosur, ¿pueden los pactos comerciales ser un baluarte contra la guerra arancelaria de Trump?
–Sí. Creo que este es un momento excepcional: nos encontramos en una transformación única del sistema internacional, y no se puede seguir haciendo lo mismo en política. Por eso, me preocupa que, aunque Europa busca estos acuerdos comerciales, todavía parece estar atrapada en problemas del pasado, en lugar de los actuales. Dicho esto, creo que estos acuerdos comerciales que busca Europa, ya sean con el Mercosur, la India o Indonesia, tienen el objetivo de unir a una comunidad de países que aún desean un sistema comercial predecible. Eso es muy importante, mientras que otros socios, como China o Estados Unidos, apuestan por sistemas comerciales más condicionales.
–¿Cuál es su visión de la llamada “Doctrina Donroe” y el nuevo enfoque que está adoptando Trump para América Latina?
–Lo primero que creo es que es un mal apodo, porque no capta realmente lo que está sucediendo. La Doctrina Monroe original se centraba mucho en la influencia de las potencias externas en el hemisferio. Se trataba de las ambiciones imperialistas de los países europeos y de nuestra preocupación por eso. Realmente no veo que eso sea el foco de lo que está sucediendo en América Latina ahora. No se trata de que Rusia ponga misiles en Cuba o que China construya bases militares. Se trata mucho más de nuestros intereses locales. El gobierno de Estados Unidos quiere cambiar la política migratoria y quiere la cooperación de los países de la región, y eso es realmente muy diferente. Además, el gobierno norteamericano ha estado involucrado en una amplia gama de políticas internacionales que no se centran únicamente en el hemisferio. Por lo tanto, no creo que la “Doctrina Donroe” describa realmente la política estadounidense, ni en términos de su objetivo ni de su enfoque geográfico.
–¿Cree que los líderes más cercanos a Trump se sienten realmente cómodos con este estilo de política exterior que él aplica?
–No lo sé. Hay un grupo de líderes con afinidad ideológica con Trump, y Milei es uno de ellos. Esto les resulta útil porque legitima sus propias políticas internas. Así que, en ese ámbito, imagino que Trump desempeña un papel útil. Al mismo tiempo, ya sea en la Argentina o en Europa con el apoyo a grupos de extrema derecha, gran parte de su política es muy intervencionista. No se trata de la soberanía de esos países. Y, en ese sentido, puede resultar bastante incómodo. Está alterando las relaciones comerciales. Está permitiendo que Estados Unidos se inmiscuya en los asuntos de muchos países. Y eso se ha visto sobre todo en Europa, donde hay partidos cercanos ideológicamente a Trump, pero muy preocupados por su política comercial y cómo está perturbando su sistema económico.
–¿Cómo evalúa el fuerte vínculo entre Trump y Milei?
–Creo que hay un reconocimiento recíproco de que están unidos en un proyecto similar. Y definitivamente, en mi opinión, la perspectiva neomonárquica nos ayuda a comprender por qué Estados Unidos está tan cerca de la Argentina en este momento, especialmente en el rescate económico. Se trata de estas relaciones personalistas entre líderes, las relaciones económicas entre la corte. El secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, dijo que la Argentina era un país de importancia sistémica y que por eso Estados Unidos necesitaba rescatarla. Eso no me convence mucho.
–¿Y ve patrones de comportamiento similares entre Trump y Milei?
–Creo que en realidad son bastante diferentes en su tipo de políticas internas, pero tienen afinidades entre sí en términos de cómo creen que necesitan anular el sistema para crear legitimidad para objetivos diferentes respecto a lo que era una especie de política estándar de sus predecesores.
–¿Qué nivel de influencia tiene el secretario de Estado, Marco Rubio, en esta etapa de Trump?
–Trump suele verse influenciado por el círculo de personas que rotan en la Casa Blanca o en Mar–a–Lago. Y Rubio es uno de ellos, por lo que sin duda está teniendo un impacto importante. Pero no es como en una Casa Blanca tradicional, donde habría un proceso interinstitucional que se transmitiría del secretario de Estado al presidente. Esto es mucho más caótico y desorganizado. Por eso, a menudo se ve que Rubio quizá tenga un objetivo, pero Stephen Miller [asesor de Seguridad Nacional] u otras personas que compiten por la atención de la corte lo desvían. Por lo tanto, no creo que esté dirigiendo la política exterior él solo. Es una especie de competencia entre estos cortesanos.
–¿Trump está interesado en exportar su estilo de gobierno a otros países?
–Sí. Parte del argumento neomonárquico es que hay que legitimar y deslegitimar otros sistemas de ordenamiento para poder legitimar la propia versión. Y esto se ve, ya sea en los ataques de Trump a la Unión Europea, a la que denigra con frecuencia, o la reciente revelación de que el Departamento de Estado podría financiar centros de investigación de extrema derecha en Europa. Esto implica legitimar esta otra versión del orden mundial.
–En el cierre del artículo argumentan que “un mundo neomonárquico no es bueno ni para Estados Unidos ni para la humanidad”. ¿Podría explicar esa idea con más detalle?
–Los sistemas realistas se basan en la extracción para unos pocos. Se centran en objetivos aristocráticos, no en compartir con las masas. Goddard siempre pone el ejemplo de “Juego de Tronos”. Todos anhelan ser uno de los Lannister, pero la mayoría son como el campesino número tres del fondo, que simplemente anda sucio y en busca de pan, mientras los Lancaster caminan por el castillo. Así que creo que la mayoría de nosotros tenemos un incentivo para no pertenecer a ese sistema, porque en realidad se organiza en torno a estas grandes casas [reales], no a nuestros intereses.
hace 2 horas
hace 3 horas
hace 3 horas
hace 5 horas
hace 12 horas
hace 14 horas
hace 16 horas
hace 16 horas
hace 17 horas
hace 17 horas
Powered by TURADIOINFO.COM