Pero cuando ese dolor deja de ser momentáneo y se vuelve un compañero constante, las consecuencias pueden ser más profundas de lo que imaginamos. En los últimos años, diversos estudios desde la medicina interna señalaron una relación estrecha entre el dolor crónico generalizado y un aumento significativo del riesgo de hipertensión arterial, llegando a cifras que rondan el 75% más de probabilidad en comparación con personas sin dolor persistente.
   Este hallazgo abre nuevas preguntas y llama a la comunidad médica y a los pacientes a observar el dolor no solo como un síntoma, sino como una condición que puede transformar el funcionamiento del organismo a múltiples niveles.
¿Qué es el dolor crónico generalizado?
   El dolor crónico no es simplemente un dolor que dura "mucho tiempo". En medicina, se considera crónico cuando se mantiene por al menos 3 meses, con intensidad variable, pero constante o recurrente.
   Cuando ese dolor afecta varias áreas del cuerpo de manera simultánea —por ejemplo, cuello, hombros, piernas, espalda baja y articulaciones— recibe el nombre de dolor crónico generalizado.
• Dolor localizado: una tendinitis en el hombro derecho que solo duele al mover el brazo.
• Dolor crónico generalizado: además de esa molestia en el hombro, se presenta rigidez matinal, dolor en la parte baja de la espalda, sensibilidad en los muslos y cansancio corporal constante.
   Este tipo de dolor es característico de algunas condiciones como la fibromialgia, pero también puede aparecer en adultos sin un diagnóstico reumatológico claro.
El enemigo silencioso   La hipertensión arterial (HTA) afecta a más de mil millones de personas en el mundo y es uno de los principales factores de riesgo para infarto de miocardio, accidente cerebrovascular, insuficiencia renal, demencia vascular.
   Se le llama "el asesino silencioso" porque no suele provocar síntomas evidentes hasta que genera complicaciones graves.
   Por eso, la posibilidad de que el dolor crónico contribuya a aumentar la tensión arterial es un tema de enorme relevancia en medicina interna.

¿Por qué el dolor podría elevar la presión arterial?
   Aunque aún se investiga a profundidad, existen varias hipótesis fisiológicas sólidas que explican esta relación:
1. Estrés sostenido y activación del sistema nervioso simpático:el dolor crónico mantiene al cuerpo en un estado de alerta permanente. Para entenderlo, imaginemos una alarma que nunca se apaga. Ese estado empuja al organismo a liberar continuamente hormonas del estrés como adrenalina, noradrenalina, cortisol. Estas sustancias provocan que los vasos sanguíneos se contraigan y el corazón bombee con mayor fuerza, aumentando así la presión arterial.
2. Inflamación persistente:el dolor crónico suele ir acompañado de procesos inflamatorios. La inflamación, cuando se vuelve constante, afecta la elasticidad de los vasos y altera su capacidad de regular la presión.
3. Alteraciones del sueño:quienes sufren dolor crónico suelen dormir menos, peor o con frecuentes interrupciones. La falta de sueño reparador está fuertemente asociada con la hipertensión y otros trastornos cardiovasculares. Por ejemplo, una persona que se despierta varias veces por dolor a lo largo de la noche tiene un sueño fragmentado. Esa interrupción modifica la liberación nocturna de hormonas que regulan la presión arterial, favoreciendo su elevación.
4. Sedentarismo forzado:cuando moverse duele, moverse se evita. La actividad física es una de las principales herramientas naturales del cuerpo para regular la tensión arterial. Cuando el dolor impide caminar, estirar o hacer ejercicio, la presión aumenta.
Aumento del 75% en el riesgo   Decir que el dolor crónico generalizado "eleva el riesgo de hipertensión en un 75%" no significa que tres de cada cuatro personas con dolor crónico desarrollarán hipertensión. Significa que la probabilidad relativa aumenta. Por ejemplo, si en una población sin dolor crónico el 20% presenta hipertensión, o en una población con dolor crónico generalizado esa cifra podría subir aproximadamente al 35%.
   Es un incremento notable y clínicamente importante, especialmente considerando que tanto el dolor crónico como la hipertensión son condiciones frecuentes en la población adulta.

Quiénes están más expuestos
   No todas las personas con dolor crónico tienen el mismo riesgo. Algunos grupos parecen ser más vulnerables. Por ejemplo:
1. Adultos mayores:el envejecimiento trae consigo cambios en el sistema vascular y muscular. Cuando a eso se suma el dolor crónico, la carga sobre el organismo se multiplica.
2. Mujeres:diversos estudios sugieren que las mujeres tienden a reportar mayor dolor crónico generalizado, especialmente en etapas como la perimenopausia, donde las hormonas también influyen en la presión arterial.
3. Personas con ansiedad o depresión:el dolor crónico y los trastornos emocionales se retroalimentan, y ambos pueden elevar la tensión arterial a través de mecanismos hormonales y conductuales.
4. Trabajadores con estrés laboral crónico:el dolor derivado de malas posturas, sobreesfuerzo físico o jornadas prolongadas se combina con el estrés emocional, creando un escenario perfecto para aumentar la hipertensión.
El caso de Marta   Marta, una mujer de 52 años, administrativa en una empresa de logística, comenzó hace tres años con dolores dispersos por la espalda y las piernas. "Pensé que era cansancio", cuenta. Con el tiempo, el dolor se volvió constante. Dormía mal y dejó de caminar por las tardes porque sentía que "las piernas pesaban demasiado".
   En un chequeo de rutina, su médico detectó una presión arterial de 150/95 mmHg, muy por encima de los valores normales. Tras descartar otras causas, se identificó que el dolor crónico estaba contribuyendo al aumento de su presión. No se trata de un caso aislado, sino de una situación que muchos médicos internistas encuentran en consultorio todos los días.
¿El tratamiento del dolor ayudaría a prevenir la hipertensión?   Probablemente sí. Aunque todavía se investiga esta relación, algunos indicios sugieren que controlar el dolor puede tener efectos positivos sobre la tensión arterial.
1. Terapia física y ejercicio controlado:actividades como fisioterapia, pilates suave, yoga o caminatas de baja intensidad no solo reducen el dolor, sino que ayudan a regular la presión arterial.
2. Manejo del estrés:técnicas como mindfulness, meditación o terapia cognitivo-conductual pueden romper el ciclo dolor–estrés–presión alta.
3. Tratamiento farmacológico adecuado:medicamentos analgésicos, antiinflamatorios o moduladores del dolor, siempre bajo supervisión médica, pueden mejorar la calidad de vida y reducir los picos de presión.
4. Higiene del sueño:dormir bien es tan importante como cualquier fármaco. Tratar trastornos del sueño asociados al dolor puede tener un impacto significativo en la reducción de la hipertensión.
El papel del médico internista   El médico internista juega un rol crucial porque aborda al paciente de manera integral. No se limita a tratar la presión o el dolor como entidades separadas, sino que analiza el conjunto del organismo.
   Un internista evaluará el tipo de dolor, su duración, su impacto en el estilo de vida, factores emocionales, medicamentos utilizados, alimentación, nivel de actividad física. Esa mirada multidisciplinaria permite identificar riesgos que quizás pasarían desapercibidos con un enfoque más fragmentado.
Escuchar el dolor a tiempo   El dolor crónico generalizado no debe normalizarse. No es "parte de la edad", "estrés acumulado" ni "cosas del trabajo". Es un síntoma complejo que puede estar avisando de problemas más grandes, incluyendo la hipertensión arterial.
   Reconocerlo a tiempo permite actuar en dos direcciones:
1. Mejorar la calidad de vida de quienes lo padecen.
2. Prevenir complicaciones cardiovasculares a mediano y largo plazo.
   El vínculo entre dolor crónico generalizado e hipertensión arterial es un ejemplo claro de cómo el cuerpo funciona como un todo. El dolor no es solo un malestar, sino una condición que puede alterar sistemas completos, desde el sueño hasta la salud cardiovascular.
   Que el riesgo de hipertensión pueda aumentar hasta un 75% en personas con dolor crónico es un llamado de atención tanto para pacientes como para profesionales de la salud: el dolor persistente merece ser evaluado y tratado con seriedad.
   En un contexto donde millones de adultos conviven diariamente con molestias musculares o articulares, reconocer esta relación podría convertirse en una herramienta poderosa para prevenir enfermedades del corazón, mejorar el bienestar y promover una visión más completa de la salud en general.
Fuente: diarionorte.com