Cómo actuar frente a la dislipemia diabética- El colesterol amplifica el riesgo cardiovascular en pacientes con diabetes.

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Cómo actuar frente a la dislipemia diabética- El colesterol amplifica el riesgo cardiovascular en pacientes con diabetes.
Cómo actuar frente a la dislipemia diabética- El colesterol amplifica el riesgo cardiovascular en pacientes con diabetes.

28 de Octubre, 2025- La alteración de los lípidos en sangre hace que el colesterol "malo" se vuelva más dañino, el "bueno" pierda su protección y se eleve el riesgo cardiovascular.

El sistema circulatorio es una autopista por la que circulan sin descanso millones de vehículos diminutos que transportan energía y nutrientes a todos los rincones del organismo. Cuando todo funciona bien, el tráfico es fluido y los carriles están limpios. Pero cuando hay muchos vehículos pesados —como ocurre con los niveles altos de colesterol y triglicéridos—, las vías se deterioran, los carriles se estrechan y aumentan las probabilidades de embotellamiento. Ese atasco, en el cuerpo humano, se llama infarto.

   En las personas con diabetes tipo 2, esta autopista metabólica se vuelve especialmente vulnerable. No solo hay más tráfico (más lípidos en sangre), sino que los vehículos son más peligrosos: el colesterol "malo" (LDL) se vuelve más dañino, el "bueno" (HDL) pierde su capacidad de proteger y los triglicéridos, esas pequeñas moléculas de grasa que viajan en exceso, se disparan. A este conjunto de alteraciones se le llama dislipemia diabética, y es uno de los motores silenciosos del riesgo cardiovascular en quienes viven con diabetes.

Combinación peligrosa: glucosa y lípidos alterados

   La diabetes tipo 2 no solo afecta la forma en que el cuerpo utiliza la glucosa también altera profundamente el metabolismo de las grasas. Cuando hay resistencia a la insulina, las células dejan de responder correctamente a esta hormona, lo que no solo impide que la glucosa entre en los tejidos, sino que además cambia la manera en que el hígado y el tejido adiposo manejan los lípidos.

   El resultado es una especie de "tormenta perfecta" en la sangre:

• Aumentan los triglicéridos, porque el hígado fabrica más y los elimina peor. • El colesterol HDL (el "bueno") baja, perdiendo su función de "limpiador" de arterias. • El colesterol LDL (el "malo") no siempre está muy alto en cantidad, pero sí cambia su calidad: las partículas se vuelven más pequeñas y densas, lo que las hace más propensas a incrustarse en las paredes arteriales.

   Dicho de otro modo: aunque dos personas tengan el mismo nivel de colesterol total, si una de ellas tiene diabetes, su colesterol es más aterogénico, es decir, más capaz de generar aterosclerosis (la acumulación de grasa y placa en las arterias). Es como si dos coches viajaran a la misma velocidad por la autopista, pero uno llevara clavos en las ruedas: el daño que causará será mucho mayor.

El corazón bajo presión

   Las estadísticas son claras: las personas con diabetes tienen entre dos y cuatro veces más probabilidades de sufrir enfermedades cardiovasculares que quienes no la padecen. Y dentro de esa población, la presencia de dislipemia multiplica el riesgo aún más.

   El problema no se limita a los grandes eventos, como el infarto o el ictus. La dislipemia diabética también contribuye a una progresión más rápida de la arteriopatía periférica, la angina de pecho y la insuficiencia cardíaca.

   En este contexto, controlar el colesterol no es un lujo, sino una necesidad vital. Sin embargo, muchos pacientes con diabetes no alcanzan los objetivos de colesterol LDL recomendados por las guías médicas, lo que deja abierta una brecha importante entre lo que se sabe y lo que se hace.


Por qué el colesterol "diabético" es diferente

   Para entender por qué el colesterol en la diabetes es tan dañino, hay que mirar más de cerca lo que ocurre dentro de las arterias.

   En condiciones normales, el colesterol LDL transporta lípidos hacia los tejidos para cumplir funciones vitales. Pero cuando hay un exceso de LDL, o cuando estas partículas se vuelven más pequeñas y oxidadas —como sucede en la diabetes—, penetran con facilidad en la pared arterial y provocan una reacción inflamatoria.

   El sistema inmunitario intenta reparar el daño, pero en lugar de resolverlo, forma placas de grasa endurecida que estrechan las arterias. Este proceso es más rápido y más agresivo en las personas con resistencia a la insulina.

   Además, la hiperglucemia crónica (niveles altos de azúcar) genera productos de glicación avanzada, moléculas que alteran la estructura del colesterol y las lipoproteínas, haciéndolas aún más perjudiciales. Es como si el colesterol diabético fuera "oxidado y pegajoso", un enemigo con armadura reforzada.

Tratamiento: más allá de las cifras

   El tratamiento de la dislipemia diabética requiere una estrategia multifactorial. No se trata solo de reducir los números del colesterol en un análisis de sangre, sino de mejorar la calidad del metabolismo en su conjunto.

1. Cambios en el estilo de vida:una alimentación equilibrada, rica en frutas, verduras, cereales integrales y grasas saludables (como las del aceite de oliva o los frutos secos) puede reducir significativamente los niveles de triglicéridos y LDL. El ejercicio regular aumenta el colesterol HDL y mejora la sensibilidad a la insulina. La pérdida de peso moderada (del 5 al 10 % del peso corporal) puede transformar por completo el perfil lipídico.

2. Tratamiento farmacológico:las estatinas siguen siendo el pilar del tratamiento para reducir el colesterol LDL. En personas con diabetes, su uso está especialmente recomendado, incluso cuando los niveles de colesterol no parecen alarmantes. En casos más complejos, se pueden añadir otros fármacos como ezetimiba, fibratos o inhibidores de PCSK9, que ayudan a alcanzar los objetivos terapéuticos cuando las estatinas no bastan.

3. Control integral de la diabetes:mantener una glucemia estable es esencial, porque cada subida de azúcar afecta al metabolismo de las grasas. Los nuevos medicamentos antidiabéticos —como los agonistas GLP-1 o los inhibidores de SGLT2— no solo bajan la glucosa, sino que también tienen beneficios cardiovasculares demostrados.

La prevención como mejor medicina

   A menudo, la dislipemia diabética pasa desapercibida porque no produce síntomas. El colesterol no duele, no avisa. Pero cuando los efectos se hacen visibles, suele ser demasiado tarde. Por eso los expertos insisten en la detección precoz.

   Un simple análisis de sangre puede revelar si existe una alteración en el perfil lipídico. Y aunque los resultados puedan parecer "dentro de lo normal", en una persona con diabetes los objetivos son más estrictos.

   Según las guías médicas, el colesterol LDL debería situarse por debajo de 70 mg/dl en la mayoría de los pacientes con diabetes, y aún más bajo (menor de 55 mg/dl) si ya hay enfermedad cardiovascular establecida.

   Es decir, lo que sería "aceptable" para la población general puede ser insuficiente y peligroso para un diabético.

Cuestión de cultura de la salud

   En un mundo donde abundan los alimentos ultraprocesados y el sedentarismo, la dislipemia diabética es una consecuencia de hábitos modernos. La buena noticia es que también puede revertirse con decisiones cotidianas.

   Pensemos en el cuerpo como una orquesta: la glucosa, las grasas, la presión arterial y el peso corporal deben tocar en armonía. Cuando un instrumento se desafina —como ocurre con el colesterol en la diabetes—, la melodía se vuelve disonante y el riesgo cardiovascular aumenta.

   Educar en salud es enseñar a escuchar esa orquesta. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia: saber que lo que comemos, cómo nos movemos y cómo tratamos nuestra diabetes hoy determinará la salud de nuestro corazón mañana.

La mirada del futuro

   La investigación médica avanza hacia terapias más personalizadas. Se estudian biomarcadores genéticos que predicen quiénes son más propensos a desarrollar dislipemia diabética y nuevos fármacos que actúan sobre los mecanismos moleculares de la resistencia a la insulina y la inflamación vascular.

   También se investiga cómo la microbiota intestinal influye en el metabolismo de los lípidos y la glucosa, abriendo la puerta a tratamientos que modulen la flora intestinal como una forma de proteger el corazón.

   El reto, sin embargo, no es solo científico, sino social: lograr que ese conocimiento llegue a la consulta, al plato y al estilo de vida de cada paciente.

No es solo un número

   La dislipemia diabética es mucho más que un valor alterado en un análisis. Es un reflejo de cómo la resistencia a la insulina distorsiona todo el metabolismo, amplificando los efectos del colesterol sobre las arterias.

   Actuar a tiempo —con prevención, tratamiento y educación— puede marcar la diferencia entre una vida limitada por eventos cardiovasculares y una vida plena con diabetes bien controlada.

   Porque, al final, el corazón de una persona con diabetes no está condenado a fallar: solo necesita que cuidemos mejor la autopista por la que circula la vida.

Fuente: diarionorte.com

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