Hace unos días tuve la fortuna de poder conversar con Enrico Calamai, exdiplomático italiano durante los últimos años de la dictadura militar en Buenos Aires, Argentina. Enrico Calamai resistió y desafió al gobierno para proteger a cientos de argentinos y se volvió un defensor y promotor de los derechos humanos hasta nuestros días. Nuestra charla se enmarcaba en la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, para trazar una suerte de hoja de ruta para entender dónde estábamos hace medio siglo, dónde nos encontramos ahora y hacia dónde se avizoraba un futuro.
Las reflexiones no fueron ni son sencillas, ya que el trabajo de observación parte de reconocer que las experiencias vividas en las dictaduras tienen sus particulares formas de resistir, padecer las violencias y posicionarse frente a ellas en sus espacios de experiencia. En este sentido, para Calamai, las diferencias importan y nos ayudan a comprender las razones que pueden constituirse para justificar e instrumentalizar mecanismos autoritarios, crueles y arbitrarios, donde los intereses de modelos neoliberales impuestos históricamente en América Latina desarrollaron procesos complejos, injusticias, represión, horror y políticas de silencios fueron resultado de factores históricos que valdría la pena pensar, como lo fueron en aquellos tiempos los procesos de reeducación de los jóvenes, la estrategia de la desaparición y la aparición de un dolor que provenía desde las entrañas de madres buscando a sus hijos, en un ambiente donde nada se comprendía del todo.
Así, también se resaltaba un factor histórico relevante: la información —como recuerda Calamai—. Reflexionar sobre la información nos permite comprender la conformación de la opinión pública que se generaba en la década de los años setenta y ochenta y en nuestros días. Este factor en los tiempos de la dictadura es muy importante, ya que las formas de informar lo que ocurre en la cotidianidad hacen una diferencia, ya que, mediante la información, la ciudadanía puede dar cuenta de lo que está ocurriendo y/o ignorarlo. Esto es relevante en los procesos dictatoriales y en los modelos democráticos. Así, en el caso argentino, se desarrolló una estrategia de desaparición, donde “si nada se ve, nada pasa”.
Las narraciones para hacer la memoria y comprender lo que pasó implican recordar aquellas historias. Dar el sitio a aquellas historias de horror, miedo e impotencia que se volvieron recurrentes y compartidas como esta: “Durante la noche llegan camiones sin matrícula, coches sin matrícula, militares vestidos de civil. Entran a la casa, se roban lo que pueden y luego dicen: «mañana vaya a la comisaría, ahí le dirán dónde está su pariente». Cuando uno iba a la policía, todo se negaba, ahí no había nadie”. Cientos de familias se veían obligadas a buscar abogados para que las apoyaran, pero nadie respondía al llamado. Tampoco los jueces respondían, la dictadura imponía las reglas del juego, junto con una política militar represiva y persecutoria. Sí, estas historias atroces no distan mucho de nuestra actualidad.
Si bien es cierto que las resistencias frente a las dictaduras crearon alternativas y horizontes —democratización electoral, la lucha por la memoria, los derechos humanos, activismo civil y una justicia transicional emergente—, el legado de las dictaduras también nos permite tomar distancia y reflexionar lo que nos ha sucedido y no nos deja de pasar, con nuevas complejidades, sufrimiento y resistencias. Este llamado nos invita a no dejar de resistir y de reconocer esas cicatrices tan profundas y dolorosas que no pueden dejar de narrarse. La reflexión, a su vez, radica en reconocer la desigualdad e injusticia histórica, donde la persistencia de las violencias no ha cesado, donde el fenómeno de la desaparición se reproduce sistemáticamente, produciendo ausencias que diariamente viven en carne propia, atravesadas por la zozobra y el dolor, cientos y miles de familias en México y el mundo. Las dictaduras nos recuerdan que las estrategias inhumanas creadas a partir de las políticas del silencio que se vivieron en Argentina estuvieron configuradas a partir del control de la información, la clandestinidad y las represiones sin límite, y una capacidad impensable de hacernos daño.
En nuestro presente, pareciera ser que el fenómeno de la desaparición ha cobrado dimensiones impensadas, donde los intentos retóricos desde el gobierno, desde hace ya 20 años, no logran explicar y mucho menos reconocer lo que ocurre y las implicaciones de una verdadera política del reconocimiento y responsabilidad frente al horror. La memoria frente a esta dolorosa realidad se hace comunitaria y colectivamente, y con esto las preguntas que podemos empezar a pensar parten de las implicaciones de la desaparición para nosotros en nuestro presente y para las nuevas generaciones en el futuro: ¿Qué responsabilidades no estamos cumpliendo como sociedad, gobiernos, instituciones? ¿Qué culpas y deudas les estamos heredando a las próximas generaciones? ¿Qué hacer con tanto dolor e impotencia?
Nos toca reconocernos y posicionarnos éticamente ante el dolor. La desaparición es devastadora, ya que diluye la responsabilidad, habilita la impunidad y la opacidad. Es tan dolorosa que desborda toda razón y comprensión. Tan solo pensemos la migración como la nueva forma de desaparición de nuestro tiempo, como lo apunta Calamai, tan cotidiana y normalizada. Así, narrar la experiencia, reconocerla en comunidad y posibilitar espacios públicos para la reconstrucción de su existencia, más allá de una ratificación numérica, pudiera ser el principio de una acción compartida, donde ese “Nunca más” y “vivos se los llevaron y vivos los queremos” pueda comenzar a reorientarse a una indignación solidaria y social. Todo comienza por modificar el estatuto de la visibilidad, donde el reconocimiento social no solo contempla, sino que interviene, acompaña y se indigna en comunidad.
Powered by TURADIOINFO.COM