América Latina es más feliz y más violenta de lo que su nivel de desarrollo predice.

hace 1 hora - NACIONALES

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13 de Mayo, 2026-El residuo latinoamericano-Salgo de mi casa en Villa Urquiza y camino diez cuadras hasta la estación de Coghlan. Es un sábado de otoño y los fresnos y plátanos —los dos árboles que dominan el paisaje del barrio— están pintados de amarillo y marrón.


(Por Daniel Schteingart*) -La estación se inauguró en 1891 y debe su nombre al ingeniero irlandés John Coghlan, que trabajó treinta años en obras públicas argentinas. La concesión la había firmado el presidente Juárez Celman, en una época en la que la Argentina estaba entre las economías de más rápido crecimiento del mundo y atraía capitales y obra de ingeniería de Europa: el puente peatonal de hierro que todavía cruza las vías fue fabricado en Glasgow, importado pieza por pieza y armado en Buenos Aires.

   Hoy la estación es otra cosa. Hay un pequeño arboretum, una biblioteca comunitaria sobre el andén, un cafecito de ocho metros cuadrados al lado de las vías por donde cada veinte minutos pasa el tren. A media tarde proyectan una película al aire libre. Padres, hijos y abuelos están en la previa: algunos sentados, otros parados. Se tocan, se gritan, ríen, gesticulan, se abrazan. Del otro lado de la vía, en un pequeño playón de baldosas de hormigón, chicos de unos doce años juegan al fútbol bajo la mirada de tres madres amigas que toman mate en un banco. A pocos metros, una pareja se besa apoyada contra un plátano. Dos amigos se abrazan al saludarse.

   No siempre fue obvio para mí que esto fuera particular. Un expatriado estadounidense escribió hace un tiempo en redes una frase que volví a leer esta semana: "No sé por qué, pero en mis primeros cinco meses en Argentina mi círculo social ya es más grande y más fuerte que el que tuve durante diez años en Denver." Es la clase de observación que muchos extranjeros que llegan a la región terminan haciendo, y que aquí solemos despachar con tres palabras: el calor latino. Pero esa intensidad de vínculos —que un ojo europeo del sur o italiano podría reconocer como familiar, y que un anglosajón urbano percibe como anómala— no es una mera sensación: aparece también en los datos. Latinoamericanos y latinoamericanas reportan, encuesta tras encuesta, redes personales más amplias y más densas que en gran parte del mundo. Y no solo eso: también son, sistemáticamente, de las poblaciones más felices del planeta.

   Sigo caminando, ahora por las calles que rodean a la estación. Noto que varios comercios ya bajaron las persianas metálicas hasta el piso. Los que siguen abiertos tienen, sobre el marco de la puerta, una reja enrollada en el dintel, lista para bajar. En la entrada de la ferretería de una esquina hay un cartel plastificado: "PROSEGUR. CONECTADA CON CENTRAL DE ALARMAS." Es algo que uno deja de ver de tanto verlo, pero que un europeo notaría de inmediato: allá los negocios cerrados muestran su interior a través del vidrio, sin rejas, sin alarmas visibles. Acá, en cambio, el comercio que cierra se blinda.

   Vuelvo a la estación y me siento en el cafecito. Abro la computadora. La escena completa —la película al aire libre, el mate, los abrazos, pero también las persianas, las rejas enrolladas, el cartel de Prosegur— es el tipo de enigma que este Substack quiere entender: por qué América Latina es lo que es, y no siempre lo que su nivel de desarrollo predice. ¿Cómo se explica que seamos, al mismo tiempo, de los pueblos más felices del mundo y de los que viven con tasas de violencia más altas? ¿Qué reportemos las redes personales más cálidas del planeta y que el comerciante de la esquina tenga que atrincherarse antes de irse a su casa? Un mismo barrio combina la sociabilidad de un pueblo italiano con la arquitectura defensiva del miedo. Esa coexistencia no es frecuente en otros lugares del mundo, y no se puede explicar mirando una sola variable a la vez.

   La escena tiene, además, una pequeña trampa. Coghlan —por el nombre, por el ferrocarril, por la arquitectura de algunas casonas— suele leerse como un barrio de inmigrantes ingleses. No es así: entre los primeros pobladores predominaron los vascos franceses. La primera impresión y el dato no coinciden. Mucho de lo que se dice sobre América Latina se parece a eso: suena verdadero, es aproximadamente plausible, y se desarma cuando uno mira los números con atención.

El método

   Hay una herramienta básica del análisis comparado del desarrollo que los lectores de este newsletter van a ver con frecuencia: tomar el PIB per cápita —la medida más usada para comparar el nivel de desarrollo entre países— en el eje horizontal, y una variable cualquiera (felicidad, homicidios, desigualdad, educación, esperanza de vida) en el eje vertical. Cada país es un punto. Con suficientes países, los puntos forman una nube, y a través de esa nube se puede trazar una línea que resume la tendencia general. Esa línea es una predicción: dado el ingreso de un país, ¿cuánto cabría esperar que tenga del indicador? Los países que caen sobre la línea son previsibles. Los que caen por encima o por debajo son outliers, residuos: la parte del comportamiento de un país que el nivel de desarrollo no alcanza a explicar.

   América Latina, vista a través de este tipo de gráficos, es un caso peculiar. No porque sea pobre —no lo es—: la región tiene un ingreso por habitante comparable al promedio mundial y al de economías como China, los Balcanes occidentales o el sudeste asiático, lejos de Europa y Estados Unidos pero también lejos del África subsahariana, hoy la región más pobre del mundo. Pero estar cerca del promedio mundial en ingresos no significa ser promedio en todo lo demás. En muchas variables, América Latina aparece donde nadie la esperaría, y no por casualidad. A veces muy por encima de la línea, a veces muy por debajo. Hay patrones persistentes que vuelven a la región difícil de leer si uno se queda con un solo indicador.

   Una aclaración antes de seguir: "América Latina" es una etiqueta cómoda pero engañosa. Adentro de esa etiqueta convive Uruguay con Honduras, Chile con Haití, Costa Rica con Venezuela. Las diferencias internas son a veces tan grandes como las diferencias con cualquier otra región del mundo. Cuando el promedio regional cuente una historia y los países contradigan al promedio, este newsletter va a contar las dos cosas. La región como bulto es un punto de partida, no un punto de llegada.

Empecemos por los dos lados de la escena de Coghlan.

   * * *

El residuo de la felicidad

   Cada año, desde 2012, Gallup y la Universidad de Oxford publican el World Happiness Report: un ranking de bienestar subjetivo —lo que solemos llamar simplemente felicidad— construido a partir de encuestas en más de 140 países. La pregunta es la "escalera de Cantril" —llamada así por el psicólogo estadounidense Hadley Cantril, que la diseñó a fines de los ‘50— y dice más o menos así: "Imagine una escalera con escalones numerados del 0 al 10. El escalón más alto representa la mejor vida posible para usted; el más bajo, la peor. ¿En qué escalón siente que está su vida hoy?". La teoría básica diría que los países más ricos contestan más alto. Y, grosso modo, es así. Pero América Latina rompe esa lógica.

   En la última edición, publicada hace unas semanas y que muestra el promedio 2023-2025, Costa Rica se ubicó en el cuarto lugar —primera vez que un país en desarrollo ocupa esa posición—, apenas por detrás de Finlandia, Islandia y Dinamarca, con un PIB por habitante que es apenas un tercio del de Estados Unidos. México estuvo en el puesto 12, por encima de Australia y Alemania. Uruguay quedó por encima de Italia, España y Francia. Argentina, a pesar de sus crónicas crisis, terminó por encima de Japón y Corea del Sur. El residuo es robusto: aparece año tras año, tanto en esta encuesta como en otras (como la Integrated Values Survey). Si solo miráramos el ingreso por habitante, América Latina debería ser bastante más infeliz de lo que reportan sus habitantes. Este fenómeno tiene incluso nombre propio en la literatura: la paradoja latinoamericana de la felicidad. 


   Veamos el gráfico. Cada punto es un país; los puntos marrones son los latinoamericanos y los demás colores indican el resto de las regiones del mundo. Para explorar el detalle país por país, hacé click en el gráfico. Salvo Haití —cuya situación es excepcional dentro de la región— todos los puntos latinoamericanos quedan por encima de la recta de regresión: son más felices de lo que su ingreso per cápita predice. En promedio, los países latinoamericanos reportan 0,6 puntos más en la escala 0-10 de lo que el modelo esperaría. Es un montón. La diferencia es particularmente profunda en Centroamérica (Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala) y en Brasil y México. En el Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay) el residuo positivo también está, pero es más moderado. En todas las otras regiones del gráfico hay países por encima y por debajo de la línea. Solo América Latina tiene a casi todos sus países del mismo lado.

El residuo de la violencia

   El segundo gráfico es más oscuro. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDC) publica periódicamente estadísticas globales sobre homicidios. La tasa mundial ronda los 5,2 por cada cien mil habitantes (dato a 2023). La de América Latina y el Caribe es de aproximadamente 19,7 —casi cuatro veces la media mundial. Del top 10 mundial en tasa de homicidios, ocho países son de la región. Y como muestra el gráfico, con pocas excepciones la región se desploma del lado equivocado de la recta: a igual ingreso per cápita, los latinoamericanos morimos asesinados mucho más que el resto del mundo.


   Estos números no son de un mal año. Persisten décadas, atraviesan ciclos políticos, gobiernos de izquierda y de derecha, períodos de crecimiento y de estancamiento. En lo que va del siglo XXI, todos los años sin excepción, América Latina y el Caribe tuvieron entre tres y cuatro veces más homicidios que la media mundial, con casi todos sus países siempre por encima de esa media. El problema no es coyuntural; es estructural.

   Adentro del bloque hay diferencias importantes. En los últimos años, mi país, Argentina, ha estado entre los de menores homicidios de la región: tiene menos que Estados Unidos y, desde hace algunos años, también menos que la media mundial. Pero esa cifra, que parece consoladora, sigue siendo cuatro veces la media de Europa Occidental. El piso latinoamericano es más alto que el techo europeo.


   La tasa de homicidios es probablemente el outlier negativo más extremo y más pertinaz de la región. Y no es trivial que conviva con el de bienestar subjetivo: el mismo continente que reporta una de las satisfacciones con la vida más altas del mundo tiene una de las tasas de homicidio más altas del mundo. Cualquier teoría del desarrollo que pretenda explicar a América Latina tiene que poder vivir con esa contradicción.

Una región excepcional

   Si uno pone los dos residuos juntos —más felicidad de la esperada, más homicidios de los esperados— empieza a aparecer una imagen. América Latina es una rara avis: una región que abraza más y mata más de lo que su nivel de desarrollo predice, y que no termina de entenderse bien con ninguna de las dos cosas.

   Eso es lo que este newsletter va a explorar, número a número: por qué la región es más desigual de lo que se espera para su nivel de desarrollo, por qué se urbanizó antes de enriquecerse, por qué tiene relativamente pocos ingenieros y científicos, por qué produce futbolistas en serie pero pocos medallistas olímpicos, por qué metió mujeres en parlamentos más rápido que Europa, por qué tiene matrices eléctricas más limpias que varios países ricos.

   La pregunta que surge es: ¿y para qué sirve entender la excepcionalidad latinoamericana? No para sustituir el ABC de la agenda del desarrollo —crecer y reducir la pobreza—, sino para afinarla. Para aprender a distinguir qué rasgos de nuestro desarrollo urge revertir —la violencia, la desconfianza en las instituciones, la desigualdad— y cuáles conviene proteger —la densidad de los vínculos sociales, la felicidad impensada—. En Coghlan, las rejas y los abrazos coexisten a diez metros de distancia. Este newsletter existe para entender por qué. Porque quizá entender el desarrollo latinoamericano empiece por ahí: por aprender a leer, en una misma escena, aquello que todavía nos sostiene y aquello que todavía nos impide vivir mejor.

Fuente: diarionorte.com


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