¿A quiénes les hablan y cómo lo hacen? Los ejes del discurso de los candidatos favoritos en Colombia

hace 1 hora - MUNDO


Ante las elecciones presidenciales de este 31 de mayo, el pulso electoral, sumado a la polarización política, se siente en casi cualquier conversación del día a día en Colombia. En la contienda se inscribieron inicialmente 14 candidatos; pero, tras algunas alianzas y retiros, son 11 las fórmulas que se medirán realmente en las urnas.

No obstante, la disputa, según los datos de las encuestas, se ha reducido a tres nombres: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Mucho más atrás aparecen los candidatos centristas Sergio Fajardo y Claudia López.

Según los sondeos, el candidato oficialista Iván Cepeda lidera la intención de voto, con un 38% de apoyo en promedio; y el 'outsider' Abelardo de la Espriella ha repuntado y acaricia el segundo lugar (con alrededor del 28%), por delante de la senadora uribista Paloma Valencia (18%). Ninguno alcanzaría el 50% requerido para ganar en primera vuelta y por eso apuntan al balotaje.

"Todos los candidatos están reservando recursos y capital de batalla para una eventual segunda vuelta. Ninguno parece estar creciendo más allá de lo que ya lograron o tener el cálculo real de ganar en primera vuelta", analiza Juan Fernando Giraldo, politólogo y cofundador de la consultora Búho.

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Los principales aspirantes a la Presidencia plantean, cada uno, un modelo de país que va de la izquierda a la derecha más dura, en una Colombia con una larga historia de conflicto armado y unos desafíos poco comparables en la región.

De un lado, el senador Iván Cepeda se ha posicionado como el heredero político del presidente Gustavo Petro y una de las voces más visibles de una izquierda que ha ampliado su poder electoral en cuatro años.

En el otro extremo, está Abelardo de la Espriella, un abogado y empresario que saltó a la política y ha construido su campaña al ritmo de declaraciones incendiarias, un discurso de mano dura y una presencia mediática y digital que lo ha catapultado en las encuestas.

Mientras, la senadora Paloma Valencia representa a una derecha más clásica e institucional, encarnada en el legado del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Sobre esta campaña, el sociólogo Hernando Gómez Buendía, autor del libro 'Colombia después de Gustavo Petro' (2026), resume: “En Colombia pasamos 50 años hablando de la guerrilla, como si ese fuera el problema del país y a eso se redujera la política. Petro, sin duda, amplió esa agenda: puso en primer plano la desigualdad, el medioambiente, el ordenamiento territorial y la transición energética. También instaló en la conversación pública debates como el de las pensiones, el sistema de salud y la educación. La gran diferencia en esta elección es que la izquierda, encarnada en Iván Cepeda, insiste en esos temas, mientras que la derecha sigue centrada en la seguridad”.

Los discursos de los tres aspirantes mejor posicionados evidenciaron que la campaña no giró alrededor de una preocupación nacional compartida, sino de tres relatos paralelos, y casi incompatibles, sobre lo que Colombia necesitaba: “En Paloma Valencia escuchamos el relato de seguridad; en Abelardo de la Espriella una 'batalla cultural'; y en Cepeda un relato de reparación a las víctimas y reforma agraria”, explica, por su parte, Catalina Uribe Rincón, doctora en Retórica y Comunicación Pública de la Universidad de Northwestern y profesora del Centro de Estudios en Periodismo de la Universidad de los Andes.

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Iván Cepeda Castro llegó a la política por la herida más profunda de Colombia: la violencia. Hijo del líder sindical Manuel Cepeda Vargas, asesinado por paramilitares en 1994, construyó su carrera como defensor de Derechos Humanos antes de llegar al Senado con el izquierdista Polo Democrático.

“Su perfil es el de un ideólogo más que el de un administrador: habla en clave histórica, moviliza causas colectivas y construye su identidad política desde la memoria y la 'justicia pendiente'. La pregunta que rodea su candidatura no es si convence a su base, eso ya lo tiene, sino si es capaz de hablarle a una Colombia que todavía desconfía”, detalla Simón Doncel, politólogo y consultor político.

El campo y la concentración de tierra rural ocupan un lugar central en su discurso. Según un análisis independiente elaborado por Doncel: "El tema dominante en sus intervenciones es campo, reforma agraria y regiones: habla de hectáreas entregadas, campesinado, desarrollo rural, producción de alimentos y desigualdad territorial. Cepeda plantea la elección como una disputa histórica entre dos modelos: élites terratenientes contra sectores populares. En ese marco, la reforma agraria aparece como símbolo del cambio pendiente en Colombia".

Este último no es un tema menor: Colombia es el país con mayor concentración en la tenencia de tierra de toda la región, según un estudio de 2016 de la organización Oxfam.

"El discurso de la izquierda se está reconfigurando entre Petro y Cepeda. En 2022, escuchamos a un Petro centrado en la vida, la justicia social, la transición económica y el cuidado. Petro era más carismático y se fundamentó en un relato fundacional. El programa de Cepeda, 'El poder de la verdad', pone el énfasis en el cambio histórico y la elección de su fórmula vicepresidencial -la senadora indígena Aída Quilcué- refuerza esa dimensión territorial", señala Catalina Uribe Rincón, doctora en Retórica y Comunicación Pública de la Universidad de Northwestern y profesora de la Universidad de los Andes.

En este contexto, la favorabilidad de la que goza Cepeda es un fenómeno poco visto en la política colombiana reciente: "Es casi un truco de magia bien logrado", dice Juan Fernando Giraldo. "Petro ha logrado traducir su popularidad en intención de voto hacia su candidato. No puedo pensar en ejemplos recientes locales: ni el expresidente Uribe, con un 80% de aprobación en 2008, logró esta hazaña hacia su candidato".

“A Iván Cepeda no le han cobrado los desaciertos del Gobierno Petro porque se ha negado a participar en debates, porque es un escenario en el que tendría mucho por perder, principalmente en temas de seguridad y salud. Así que ha recurrido a lo que funcionó en 2022 con Petro: la plaza pública”, resalta, por su parte, Eugénie Richard, profesora de marketing político y comunicación estratégica en la Universidad Externado.

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En Abelardo de la Espriella conviven varias identidades al mismo tiempo: el abogado de casos polémicos, el empresario que convirtió su apellido en marca y el candidato que hoy se presenta como un defensor de la patria, el orden y la autoridad. Durante años construyó notoriedad desde los estrados, las cámaras de televisión y las redes sociales, defendiendo a figuras controvertidas como Álex Saab, señalado en Estados Unidos como presunto testaferro de Nicolás Maduro, el creador de DMG David Murcia Guzmán y el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso. Con el tiempo, esa exposición mediática y judicial terminó moldeando una figura pública que mezcla espectáculo, discurso patriótico y confrontación política permanente.

En esta contienda, su programa de gobierno ‘Patria Milagro’ resume en trece propuestas una visión que combina orden, castigo y mercado.

"De la Espriella menciona con frecuencia a Cepeda, a Petro y a sectores cercanos a Paloma Valencia: a unos los ubica como izquierda radical, a otros como política tradicional. Su discurso necesita antagonistas visibles: 'el régimen', 'los mismos de siempre', 'la casta', para construir su identidad 'outsider' y apelar a quienes él llama 'los nunca': los que nunca han vivido del Estado", señala el consultor político Simón Doncel.

"Abelardo de la Espriella tiene un liderazgo muy particular. Su personaje en campaña toma referencias regionales: mitad Bukele, mitad Milei. Físicamente ha cuidado su apariencia para asimilarse a Bukele, también en el discurso de seguridad. Y mitad Milei porque tiene esas aspiraciones ultraliberales de recorte del Estado; él se denomina 'El Tigre', en clara alusión al león de Milei", explica Eugénie Richard.

Su campaña, atravesada por referencias bíblicas, nacionalismo y una estética digital disruptiva, en la que abundan videos generados con inteligencia artificial, buscó conectar con sectores conservadores, abstencionistas (que rondan el 30% del electorado) y urbanos desencantados del establishment político.

“La disputa entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia es también la disputa entre una derecha tradicional y otra más joven, más urbana y más fascista, en sintonía con fenómenos que ya se ven en América Latina”, sostiene, por su parte, el sociólogo Hernando Gómez Buendía.

Más allá de Colombia, la irrupción de De la Espriella refleja el ascenso regional de liderazgos hipermediáticos, personalistas y construidos desde la confrontación permanente. “Existe la probabilidad de que tengamos una figura caudillista y personalista como De la Espriella, con un autoritarismo de características culturales colombianas”, advierte Gómez Buendía.

"Los 'outsiders' en la política son como los 'one hit wonders' de los años ochenta. No son un fenómeno, sino una oportunidad que se manifiesta y luego se convierte en el nuevo establecimiento. Definirse como 'outsider' es una punta de lanza electoral para que el juego político se mantenga. Pero, su candidato vicepresidencial, el exministro de Economía José Manuel Restrepo, es una señal clara de establecimiento", analiza Juan Fernando Giraldo.

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Paloma Valencia Laserna creció entre Popayán, en el occidente del país, y Bogotá, y entre el apellido de su padre y el de su madre: dos de las familias que durante décadas ocuparon el centro del poder político e intelectual colombiano. Nunca conoció a su abuelo, el expresidente Guillermo León Valencia, pero se sabe de memoria sus frases. Bisnieta del poeta Guillermo Valencia y formada en la Universidad de los Andes y Nueva York, construyó una imagen de política disciplinada, preparada y doctrinaria.

A diferencia de sus contendores, Paloma Valencia concentra sus críticas en el Gobierno de Gustavo Petro: inseguridad, salud, economía y crisis institucional. “No se presenta como una figura antisistema, sino como alguien capaz de corregir el rumbo del Estado”, señala Simón Doncel.

El programa de gobierno de Paloma Valencia, ‘Colombia Más Grande’, gira alrededor de una idea central: recuperar el control del Estado. Sus propuestas combinan endurecimiento de la política de seguridad, fortalecimiento de la Fuerza Pública y defensa del libre mercado, junto con un fuerte énfasis en la crisis de salud y el desgaste institucional.

Su campaña buscó reeditar una fórmula conocida de la derecha colombiana: convertir el miedo frente a la inseguridad y la incertidumbre en demanda de autoridad política, con una actualización de temas valiosos para electores de centro, según Catalina Uribe.

Paloma Valencia representa el legado del expresidente Uribe. “Ella representa el otro extremo de la polarización, el expresidente Uribe, que, al igual que Petro, son liderazgos que generan afectos y odios. Ella, incluso, ha propuesto tener al exmandatario como ministro de Defensa, un retorno a su modelo de seguridad”, analiza Eugenie Richard.

La apuesta tanto en el discurso como en la campaña ha sido la moderación, según el análisis de Juan Fernando Giraldo. Esa moderación, entendida como una estrategia para capturar votos de centro, también se reflejó en la apertura a un candidato vicepresidencial que se distancia de la derecha tradicional: Juan Daniel Oviedo, un hombre abiertamente homosexual que ha hablado de diversidad, desigualdad y nuevas formas de representación política. La fórmula buscó enviar una señal de amplitud en una campaña marcada por la polarización y los extremos ideológicos.

Bajo ese contexto, más que una simple competencia electoral, Colombia se acerca a las urnas enfrentando tres formas distintas de entenderse a sí misma: una que insiste en saldar deudas históricas, otra que promete orden con mano dura y una tercera que apuesta por restablecer el control institucional.

La ausencia de un relato común no solo explica la polarización que atraviesa la campaña, sino que anticipa un escenario político en el que, gane quien gane, gobernar implicará tender puentes en un país que hoy parece narrarse en clave de fractura.

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