Cuando el Sol tocó la Tierra

hace 7 años - ZONALES

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En el Campo del Cielo, hace unos 4.500 años, en el tiempo en que los egipcios construían sus pirámides, una lluvia de fuego y piedras arrasó el monte.


oneladas de hierro candente que se desplomaban desde el espacio abrieron una picada de 100 km de largo por 10 de ancho, sembrando los campos de tesoros siderales. Sólo la perplejidad y la poesía de los mocovíes sobrevivientes estaban para explicar el fenómeno: eran las lágrimas del Sol, la pena infinita de la soledad del dios ardiente que se derramaba sobre el mundo. En los milenios siguientes adoraron esas lágrimas resecas en cada luna llena, cuando la savia vegetal volvía a henchir el monte de alimentos.

El mito de la destrucción se mezcló con los del origen, y el apocalipsis de fuego ya era una parte de la creación cuando llegaron los españoles. Ellos nada sabían de llantos del espacio y en cambio perseguían tesoros de metal, oro, plata, hierro, lo que la tierra pudiera contener, lo que ellos supieran extraer.

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Se sucedieron las expediciones, desde el Tucumán, desde la Asunción, desde el Buenos Aires, pero las ansiadas minas de plata o de hierro fueron reduciéndose a un mesón hundido en el monte que terminó por perderse en el laberinto de la leyenda. Cuando el Chaco dejó de ser misterio y se convirtió en un conjunto de recursos naturales que la organización nacional ofrecía al capital extranjero, la milenaria lluvia de fuego persistía en el corazón de los árboles de hierro.

Las minas que los españoles no habían encontrado en el subsuelo, las hallaron los ingleses en el quebrachal. Y se los llevaron, a todos. Después, en el terreno devastado, los arados tropezaron con piedras que eran tan extrañas a ese suelo como los colonos que hacían crecer el oro blanco: la osamenta misma de la lluvia meteórica afloraba en cada campo.

Entonces vinieron los geólogos y los astrónomos, con infinitas ansias de saber, pero financiados por presupuestos que no eran infinitos. Después llegaron los ladrones de meteoritos, los cineastas, los periodistas, los intendentes con sus festivales, los nuevos exploradores.

Al final arribaron los novísimos caballeros de industria, los del turismo, predicando el beneficio de la una explotación menos cruenta, de las cuantiosas divisas que se derramarían a lo largo del camino que se allanara a los visitantes. Tras deliberar por muchas décadas, entre todos concluyeron que esos guijarros del espacio que los indios llamaron Lágrimas del Sol podían ser, de alguna manera y al fin de cuentas, aquellos tesoros que el primer conquistador había venido a buscar atravesando medio mundo.

Entre todos conmovieron al gobierno, que accedió a demarcar una parcela donde alojar el bien común: el parque provincial Piguem N’onaxa, nombre que forjaron los originarios dueños del Campo del Cielo. Claro que, como aquel gigante de ojos azules que no podía entrar en la casita pequeña donde vivía su amor, la lluvia celeste no puede ser encerrada por un parque provincial. Ya lo advierte el antiguo proverbio chino: “No hay ley de expropiación que abarque el área de dispersión”.

Si bien el meteorito Chaco ahora reposa relativamente a salvo de los audaces raptores que lo acechaban, y en el parque se construyó el templo que recibirá a los nuevos fieles del cascote cósmico, son muchos más los cráteres y fragmentos metálicos esparcidos, calculan los especialistas, en territorios que van de los 50 a los 300 km cuadrados, y más. En toda esa área hay cráteres y aerolitos desprendidos de la gigantesca masa metálica que tomara la tierra por asalto hace milenios.

Por ejemplo, a unos cuantos miles de metros desde la portada del Piguem N’onaxa, está el Rubín de Celis, una olla gigantesca forjada por un bólido meteórico igualmente ciclópeo que sin embargo no se alojó allí: el impacto lo deshizo en miles de fragmentos que se repartieron generosamente por toda la vecindad. Desde el mismo camino que lleva hasta él, se comprende la dificultad para reunir y estudiar las pruebas. A la izquierda del sendero un desmonte de varias hectáreas, con un cartel que proclama la autorización del gobierno, indica que se procede a un “cambio en el uso del suelo”.

Lo que antes el monte virgen usaba para generar vida, se usa ahora para hacer soja, algodón o las commodities que los mercados internacionales postulen como más rentable. A la derecha, alambrado mediante y con un par de metros de glifosato que la mantiene a raya, todavía se ve la vegetación nativa prosperando optimista.

El Rubín de Celis es un cráter de explosión de unos 60 metros de diámetro y 10 de profundidad en la actualidad, aunque suponen que la huella original está otro tanto más abajo. En medio de la cava, dando una idea del tamaño del fenómeno que la creó, un algarrobo centenario parece pequeño. Tres cuartos del cráter están del lado del desmonte, y la cerca divisoria deja el resto en otra propiedad.

El terreno donde se aloja ha sido expropiado, e innumerables anécdotas ilustran acerca de la disconformidad de los expropietarios con esa decisión. Pero el meteoro que rebotó en ese lugar y se fragmentó en miles de piezas sigue disperso por los campos circundantes. Algunas de esas piedras del espacio, de todos los tamaños, desenterradas y pulidas, fueron parte de los varios cientos que en mayo pasado fueron halladas en un camión que las transportaba lejos del Chaco, pero fue detenido en Pinedo.

Los propietarios privados de los campos no llegan a creer que se trate de un patrimonio de la humanidad ni mucho menos, más bien las ven como aportes de capital que pueden hacer efectivos vendiéndolos a los contrabandistas que pululan por la zona y luego las subastan en internet… ¡por gramo!

En otro campo, camino adelante, está La Sorpresa. Otro meteorito de varias toneladas que trazó en el suelo un surco de una cuadra y terminó sepultándose una decena de metros bajo tierra. Fue desenterrado hace unos años y se exhibe sobre un montículo rodeado por una plataforma y barandales de madera.

La pequeña escalinata ha desaparecido, igual que el frontis que un carpintero de la zona había hecho para destacar el sitio. Algunos lugareños no creen que una piedra merezca tal honor. Cuando cae la noche y los curiosos nos vamos, los meteoritos se quedan solos, como los muertos en el cementerio.

17-03-19 Fuente y foto: DIARIO NORTE


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