Martina Talamona, la porteña de 16 años que programa robots para salvar vidas

hace 2 horas - ARGENTINA


En la casa de los Talamona, los sábados por la tarde tenían un código propio. El padre, que trabaja en el rubro de sistemas, solía encontrar en Internet algún ejercicio de lógica, un lenguaje de bloques o cualquier cosa que pudiera interesarle a una chica curiosa, y lo proponía como plan para el fin de semana.

Padre e hija se sentaban juntos a resolverlo, como quien arma un rompecabezas. No era una clase ni una actividad extraescolar. Era, simplemente, una tarde de juego en familia. De a poco, lo que empezó como un juego se convirtió en la vocación de la menor.

Hoy, Martina Talamona tiene 16 años, estudia en el Colegio Galileo Galilei de Almagro y en su historial figuran tres títulos en competencias internacionales de robótica: fue campeona en Eindhoven 2024, campeona en la RoboCup Américas de Pensilvania 2025 y obtuvo el tercer lugar en el mundial de Salvador de Bahía, ese mismo año.

A fines de junio próximo viajará a Incheon, Corea del Sur, para participar de la RoboCup Internacional 2026, que se desarrolla del 30 de junio al 6 de julio.

Antes de todos estos títulos hubo un largo camino que empezó a los cinco años, sin que nadie supiera muy bien adónde podía llegar: talleres de robótica, proyectos de mecánica sencilla y el placer de construir algo y verlo moverse. Hubo también muestras anuales, competencias nacionales y una institución educativa —el Galileo Galilei— que empujaba en la misma dirección. “Era todo muy recreativo, como un hobby. Y eso lo pude sostener durante varios años”, cuenta la adolescente.

El momento bisagra llegó cuando Martina cumplió 14 años. Fue la primera vez que se enfrentó a un problema real, ese tipo de disyuntiva que exige decidir qué cosas se sacrifican y cuáles no. Decidió incorporarse al equipo sub-19 de la Universidad Abierta Interamericana (UAI) para competir en la RoboCup Internacional.

“Fue ahí cuando realmente tuve que poner sobre la mesa un montón de cosas. Y fue ahí cuando se despertó una verdadera pasión, a pesar de todos los requerimientos que necesitaba este nuevo proyecto”, repasa Martina. Lo que vino después ya es historia conocida: tres competencias internacionales, dos primeros puestos y un tercero. Y siempre en la misma categoría: Rescate Simulado.

En la categoría Rescate Simulado, todo sucede dentro de una computadora. Los equipos programan robots autónomos que tienen que recorrer zonas de desastre representadas como laberintos: con obstáculos, zonas cerradas y trampas. El robot, apunta la estudiante, tiene ocho minutos para navegar toda el área aplicando matemática, trigonometría y algoritmos de movimiento.

Al mismo tiempo, detecta con cámaras carteles en las paredes que representan víctimas —pueden estar vivas, heridas o fallecidas— y materiales peligrosos. Y tiene que mapear todo, lo que implica, según expone Martina, construir una representación gráfica del recorrido que después se entrega a quien simboliza a los rescatistas reales.

“Ese mapa permite que los rescatistas, sin haber entrado en la zona de peligro, sepan exactamente dónde hay personas, qué zonas están bloqueadas y dónde hay escombros”, explica la adolescente. La disciplina tiene aplicaciones concretas en emergencias reales, y en la liga mayor de la competencia participan universidades de élite y equipos del ejército de Estados Unidos con robots que cuestan cientos de miles de dólares. La categoría sub-19 es, en ese sentido, la antesala de una disciplina que ya opera en el mundo real.

Martina compite junto a su compañero, Ramiro Francavilla, y tiene como mentor a Emanuel Hamui, estudiante de la UAI. “Hay que ser humilde, hay que bajar la cabeza. El trabajo que hacemos es honesto y eso nos tranquiliza a todos por igual”, enfatiza.

Por otra parte, cuenta que las áreas de trabajo están más o menos definidas. Mientras ella se inclina por el procesamiento de imágenes, sus compañeros prefieren la navegación y el mapeo. Aunque en la dinámica real todo es más fluido. “No es una división explícita. Quien esté disponible cuando surge un problema, responde. Se busca que para una misma tarea haya la mayor cantidad de mentes posible”.

Fuera de la pantalla, Martina lee, dibuja, hace fotografía y escucha música. Pero su refugio es la lectura. “La encuentro como una manera de desconectar. Mi profe Gonzalo Zabala dice que leer es viajar sentado, y yo lo siento así. Conocer otras realidades, ver el mundo de manera distinta”, cuenta. Le gusta que los libros hablen de cosas más profundas que la trama, como contextos históricos, miradas poco visibilizadas y temas sociales. “Estoy convencida de que hay un libro para cada uno de nosotros que nos está esperando”, asegura.

Sobre el futuro, la carrera que va a seguir y la especialización, contesta con honestidad: “Seguramente algo dentro de la tecnología, pero todavía está todo por decidirse. Tomo muy fuertemente el disfrute en la elección de qué quiero hacer. Llegar a casa y ponerme frente a la computadora es algo que me encanta, aunque me exija —reconoce—. Si tuviera que dedicarle esta cantidad de horas a algo que no me gusta, el cuerpo mismo no lo podría sostener”, reflexiona.

Entre los tres torneos, hay uno que Martina no recuerda con orgullo sino con algo más valioso: lo que le dejó como enseñanza. En Salvador de Bahía, durante el desafío técnico del tercer día, el equipo completó todos los cálculos correctamente, los probaron y llegaron al límite del tiempo. Tan justos que olvidaron agregar una instrucción básica: que los resultados se mostraran en pantalla. Sin esa línea de código, el puntaje quedó casi anulado.

“Fue durísimo. Sentí un montón de responsabilidad, me sentía super mal. Los dos teníamos un montón de culpa”. Y si bien la frustración fue real y no la minimiza, decidió no quedarse solo con ese sentimiento. “Uno después reflexiona y dice: ‘bueno, no fue para tanto’. También me dejó la lección de verificar primero las cosas sencillas antes que resolver los cálculos complejos. Hay veces que va bien y veces que va mal, y eso no nos determina como personas", sostiene.

La preparación para Incheon, en Corea del Sur, está en marcha. Este año hubo cambios en las reglas que implican reescribir parte del código, pero el problema técnico más complejo es otro. “A partir de ahora, el GPS del robot empieza a tener mediciones que no son exactas, y eso te afecta todos los procesos porque todo se basa de primera mano en los datos del GPS -explica-. El año pasado llevamos un robot que se enfocaba mucho en la exactitud y, sin darnos cuenta, terminamos sobrecargando esa precisión. Ahora tenemos que cambiar la manera de posicionarnos, y estamos explorando filtros de Kalman, algoritmos de ICP y un sensor Lidar de 360 grados”, precisa la joven.

El problema les resulta tan interesante que el equipo tiene ganas de presentar un paper sobre posicionamiento en el congreso que la RoboCup organiza después de la competencia.

Por ahora, la adolescente dice que hay que seguir resolviendo el problema del GPS para que el robot se posicione de la mejor manera en el mapa. Y seguir con la cabeza puesta en el trabajo en equipo, como siempre.

Fuente: google.com