Hossam Hassan cerró los ojos, rezó y pidió por su pueblo. Del otro lado, Australia fallaba en la tanda de penales y Egipto alcanzaba por primera vez los octavos de final de un Mundial. Después llegaron las lágrimas, la dedicatoria a Palestina, la celebración con la bandera y una frase que empezó a calentar el duelo con la Argentina: “Ningún egipcio le tiene miedo a nadie”. El seleccionado campeón del mundo ya conoce a su próximo rival, pero sobre todo conoce al hombre que estará en el banco contrario: el “Rey Hassan”, una leyenda nacional de carácter explosivo y fe visible.
“Por supuesto que recé, pensaba en los aficionados, e incluso durante la tanda de penales estaba rezando y pedía: ‘Dios deja que el pueblo egipcio esté feliz, no lo decepciones’”, contó Hassan tras la victoria por 4-2 ante Australia desde los doce pasos, luego del 1-1 en el tiempo reglamentario y el alargue. El entrenador, de 59 años, no buscó disimular la carga emocional de una clasificación histórica: “Esta victoria es para el pueblo egipcio. Al final todos llorábamos. Ha sido muy difícil y queríamos hacer felices a nuestra gente”.
La escena tuvo otro componente fuerte. Durante los festejos en el estadio de Texas, Hassan apareció con una bandera palestina y después dedicó el triunfo: “Mi corazón y mi alma están con el pueblo palestino, les doy las gracias y les dedico esta victoria”. También amplió el destinatario de la celebración a su país: “Enhorabuena a Egipto, al mundo árabe y a África”. En Estados Unidos, sede de la clasificación, la imagen se expandió con rapidez y reforzó el costado político y emocional de un técnico que rara vez pasa inadvertido.
Hassan no es un entrenador más para Egipto. Es una institución. Fue delantero, capitán, símbolo y goleador histórico de “Los Faraones”. Su carrera con la selección se extendió durante 21 años y, según la Federación egipcia, marcó 69 goles, uno más que Mohamed Salah, que está a las puertas de igualarlo. Lejos de incomodarse por esa posibilidad, Hassan ya había expresado su deseo: “Mohamed Salah ha batido numerosos récords y es, sin duda, uno de los mejores jugadores del mundo. Espero que marque más goles que yo”.
El vínculo entre ambos tiene una carga especial. Salah es el emblema contemporáneo, la estrella global que conquistó Europa; Hassan es el héroe histórico, el hombre que marcó el gol decisivo ante Argelia para que Egipto volviera a un Mundial en Italia 90, después de 56 años. “Ese fue el mejor momento de mi carrera; todo el país nos apoyó para lograr ese sueño”, reconoció años después. En aquella Copa, Egipto no pasó la primera rueda, pero igual dejó una huella: empató 1-1 con Países Bajos, campeón europeo y dueño de figuras como Marco van Basten, Ruud Gullit, Frank Rijkaard y Ronald Koeman, y perdió apenas 1-0 con Inglaterra. Al igualar sin goles también ante Irlanda, no le alcanzó para avanzar.
El “Rey Hassan”, como es apodado, construyó su mito desde Al Ahly, club en el que debutó en 1984, y sostuvo una carrera profesional hasta los 42 años, cuando se retiró en Ittihad Alex, de la liga egipcia. Ganó 39 títulos, 31 oficiales por la FIFA, entre ellos tres Copas Africanas de Naciones con Egipto, y fue capitán del seleccionado a los 40. También tuvo un paso breve por Europa, en PAOK de Grecia y Neuchâtel Xamax de Suiza, aunque regresó pronto a su país. Con el tiempo, admitió que esa decisión lo marcó: “Debería haber continuado mi carrera en Europa; me habría dado mayor fama internacional”.
Su vida futbolística siempre estuvo atravesada por una intensidad fuera de escala. “El fútbol es el centro de mi vida y no puedo dejar de pensar en él. No es un trabajo ni un pasatiempo para mí, es mi mundo entero”, definió. Esa pasión también lo convirtió en un personaje incómodo. Como entrenador protagonizó cruces, expulsiones —tres en una sola temporada— y despidos. En Al Masry fue echado tras insultar a dirigentes. En 2011, durante la revolución egipcia, apoyó al expresidente Hosni Mubarak y criticó con dureza a los manifestantes, a quienes llamó “traidores” y “espías”, una postura que le generó fuerte rechazo en parte de su país.
En este Mundial volvió a quedar en el centro de una controversia. Un día antes del partido con Australia circuló un video en el que se lo ve, junto con su hermano Ibrahim Hassan, en una discusión con un policía de Dallas en el hotel de la delegación. Según la policía, los agentes habían respondido a una solicitud del personal de seguridad por una persona sin acreditación. El episodio terminó sin consecuencias mayores y Hassan dijo que Egipto había aceptado una disculpa: “Estamos muy contentos de estar aquí en este torneo y estamos satisfechos con el personal de seguridad que nos acompaña”.
El hermano Ibrahim también forma parte del personaje. Gemelo, excompañero y hoy integrante del cuerpo técnico, lo acompaña desde hace décadas como una extensión de esa identidad competitiva. Salah, con una sonrisa, aportó una pintura del clima interno cuando le preguntaron qué había cambiado con Hassan: “Nos da una paliza entre las dos partes de los partidos… No ha cambiado nada en la concentración en comparación con las anteriores”.
El pitazo final encontró a todo el plantel de rodillas y con la frente apoyada sobre el césped. El entrenador encabezó un sajdah, una prosternación de agradecimiento propia de la tradición islámica, en este caso por la clasificación.
Egipto llega ahora al cruce con la Argentina de este martes, a las 13 en Atlanta, con una mezcla de épica y ambición. Hassan fue la primera persona en jugar y dirigir al seleccionado egipcio en un Mundial, y ya llevó a los Faraones a un territorio desconocido. Después del pase ante Australia, habló del duelo que viene y evitó cualquier gesto de inferioridad: “Conocemos y respetamos al rival; daremos el máximo y aprovecharemos nuestras chances. Analizaremos al equipo con o sin Messi. Tenemos ambición y jugadores leales”.
La Argentina encontrará enfrente a un equipo que ya hizo historia, pero también a un entrenador que parece vivir cada partido como una causa nacional. Hassan reza, grita, desafía, se emociona y discute. Para Egipto, no es solo el técnico: es el prócer que volvió al Mundial desde otro lugar y que ahora quiere otro golpe, nada menos que ante el campeón del mundo.