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Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora el 10 de octubre, especialistas vuelven a señalar el vínculo entre esta área y la nutrición. Para la psicóloga Kimberley Wilson, el cuidado de la alimentación debe ser considerado una base del bienestar emocional, al mismo nivel que la terapia y la medicación.
En una entrevista con la revista New Scientist, la profesional explicó que el funcionamiento del cerebro depende de condiciones físicas, entre ellas la calidad de la dieta, el descanso y el ejercicio.
Wilson trabajó hasta 2013 en una cárcel de mujeres en Londres, donde observó que la falta de nutrientes dificultaba la regulación emocional de muchas internas, una experiencia que la llevó a cuestionar los enfoques centrados casi exclusivamente en los tratamientos psicológicos o farmacológicos.
Según su planteo, los síntomas emocionales y conductuales también deben analizarse a partir de la salud del organismo. "La salud mental es una propiedad emergente de un órgano físico", afirmó. Desde esa perspectiva, una dieta insuficiente puede reducir la capacidad del cerebro para procesar pensamientos, emociones y decisiones.
alimentación
Una dieta insuficiente puede reducir la capacidad del cerebro para procesar pensamientos, emociones y decisiones.
Omega-3, hierro y yodo
Wilson hizo referencia a investigaciones sobre los omega-3, presentes sobre todo en pescados grasos como la sardina, el salmón y la caballa. Según explicó, algunos estudios relacionan una ingesta diaria de un gramo de estos ácidos grasos, con una proporción elevada de EPA, con una reducción de los síntomas depresivos en ciertas personas.
La hipótesis es que estas grasas intervienen en procesos inflamatorios, que a su vez se han vinculado con síntomas depresivos en una parte de los pacientes. La profesional recomendó incorporar al menos una porción semanal de pescado azul. Para quienes siguen dietas vegetarianas o veganas, sugirió consultar a un profesional de la salud sobre alternativas de suplementación.
Otro nutriente señalado fue el hierro. La anemia puede alterar la producción de serotonina, un neurotransmisor que participa en la regulación del ánimo. Por ese motivo, Wilson propuso que, ante síntomas como fatiga persistente, apatía o ánimo bajo, se evalúe en primer lugar la presencia de déficits nutricionales.
La deficiencia de yodo durante el embarazo y los primeros meses de vida es una causa prevenible de daño cerebral, recordó la psicóloga, en línea con las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Mencionó además la colina, un nutriente relevante durante la gestación que, según indicó, no siempre se encuentra en cantidades suficientes en los suplementos prenatales.
Diagnosticar el origen de cada malestar
Para Wilson, el abordaje de la depresión no debería reducirse a una pregunta cerrada sobre si una persona presenta o no el trastorno. La evaluación tendría que indagar qué factores intervienen en cada caso: experiencias traumáticas, conflictos personales, estrés laboral, falta de sueño, sedentarismo, consumo de sustancias o una alimentación deficiente.
Ese enfoque permitiría derivar a cada paciente hacia las intervenciones más adecuadas. Una persona con trauma infantil puede necesitar terapia especializada, mientras que otra, con anemia o una dieta muy restrictiva, podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta.
La alimentación compartida también forma parte de la discusión. El acto de comer requiere un contexto de calma y seguridad, asociado con el sistema de "descanso y digestión" del organismo.
dieta cerebro
La separación entre cuerpo y mente aún persiste en la práctica clínica.
Un órgano de alta demanda energética
El cerebro es uno de los órganos que más energía consume y requiere un suministro constante de vitaminas, minerales, grasas esenciales y proteínas. Por el contrario, una alimentación basada en ultraprocesados puede disminuir esas disponibilidades.
Entre los componentes mencionados figuran las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los ácidos grasos omega-3. Su carencia no define por sí sola un trastorno mental, pero puede agravar el cansancio, la falta de concentración, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.
La psicóloga también criticó la separación histórica entre cuerpo y mente, que aún persiste en parte de la práctica clínica. Consideró que la psicoterapia y los fármacos pueden ser herramientas necesarias, pero que no deberían reemplazar la evaluación de los aspectos físicos que inciden en el bienestar psicológico.
Los cambios en la alimentación, el sueño y el ejercicio pueden demorar meses en percibirse de forma subjetiva, lo que dificulta advertir sus efectos.
(Fuente: infobae.com)