












En el Estadio de Filadelfia, la Albirroja de Gustavo Alfaro ofreció una lección de resistencia y coraje que tuvo contra las cuerdas a la campeona del mundo. Un penal polémico, ejecutado con la frialdad de un killer por Kylian Mbappé, terminó con el sueño paraguayo (1-0). Pero esta historia no se escribe con el nombre del goleador, sino con el de un equipo que supo cómo hacerle frente al gigante.
La noche en Filadelfia prometía un choque de civilizaciones futbolísticas. De un lado, la jerarquía y el poderío ofensivo de Francia, liderada por un Kylian Mbappé que llegaba con seis goles en el torneo. Del otro, la inquebrantable estirpe defensiva de Paraguay, un equipo que bajo la batuta de Gustavo Alfaro había aprendido a sufrir y a resistir. Y vaya que resistieron.
Desde el silbatazo inicial, el libreto quedó claro: Francia monopolizaría la pelota y Paraguay, con un esquema 5-4-1 de manual, se abroquelaría en su área para contener la embestida gala. La muralla albirroja, liderada por Gustavo Gómez y Omar Alderete, se multiplicó en cada intervención, mientras Andrés Cubas y Diego Gómez cortaban los hilos de juego como cirujanos. Cada intento de penetración francés, ya fuera por las bandas de Dembélé o por el centro con Mbappé, chocaba contra un muro humano que no cedía un centímetro.
Y sin embargo, el primer tiempo fue un monólogo sin remate. Francia acarició el balón, pero no el arco. La primera ocasión clara no llegó hasta el minuto 31, cuando Dembélé centró perfecto y Mbappé, calculando mal el salto, dejó escapar un cabezazo que olía a gol. Fue el aviso, pero también la frustración. Los galos empezaban a desesperarse ante la férrea disciplina sudamericana.
El complemento comenzó con la misma tónica. A los 9 minutos, Orlando Gill, el arquero de San Lorenzo que se había vestido de héroe, voló para desviar un disparo de Koné que se iba al ángulo. Fue la primera gran intervención de una noche que lo tendría como protagonista absoluto. Poco después, Francia tuvo dos chances consecutivas que el propio Gill y la defensa paraguaya supieron ahogar. El milagro parecía posible.
En sus dos mejores actuaciones anteriores, Paraguay había caído por 1 a 0 en cuartos ante Francia en 1998, y por 1 a 0 en octavos ante España en 2010.
Pero el fútbol, caprichoso, escribió su guion en el minuto 70. Una acción en el área, un forcejeo entre Diego Gómez y Doué, y el árbitro, tras revisión del VAR, sancionó penal. La decisión fue polémica; los jugadores paraguayos reclamaron con el alma, pero la tecnología había hablado. Mbappé tomó la pelota, respiró hondo y, con la sangre fría de los elegidos, engañó a Gill para poner el 1-0. Su séptimo gol en el Mundial, igualando a Messi. Pero la noche de la estrella francesa no terminaría ahí.
Porque lo que vino después fue una de las imágenes más conmovedoras del torneo. Paraguay, lejos de rendirse, se lanzó con todo al ataque en los minutos finales. Gill, el arquero que ya había salvado a su equipo una docena de veces, se agigantó en el descuento con una doble atajada memorable ante el propio Mbappé. Primero desvió un disparo potente y, en el rebote, se estiró como un felino para negarle el segundo al astro francés. Era la negación del destino.
Sobre el final, Mauricio, el ingresado con alma de revancha, probó desde fuera del área y exigió a Maignan. Pero el tiempo se agotó. El sueño paraguayo, que se había alimentado de coraje y orden táctico durante 116 minutos, se desvaneció con el pitazo final.
Francia está en cuartos, donde enfrentará a Marruecos en una reedición de la semifinal de Qatar 2022. Pero en Filadelfia, los aplausos no fueron solo para los galos. La Albirroja se retiró con la frente en alto, habiendo demostrado que el fútbol no solo se juega con talento, sino con el corazón. Como escribió Eduardo Galeano: "El fútbol es un juego de la cabeza, de las piernas, pero sobre todo del corazón". Y anoche, en Filadelfia, Paraguay lo demostró hasta el último suspiro.
Fuente: diariopanorama.com











