hace 2 horas - MUNDO
En Ciudad de México, el Domingo de Ramos sigue llenando de color las calles. Los pajareros, vendedores de aves y de sus jaulas, adornan el camino hacia la basílica con flores, espumillón e imágenes de la Virgen de Guadalupe. Las familias recorren varios kilómetros cargando pequeñas jaulas como parte de la procesión anual.
Sin embargo, en los últimos años la estampa se ha vuelto más silenciosa. Los críticos sostienen que el negocio es cruel y alimenta el tráfico de animales, mientras que unas leyes más estrictas han dejado fuera a muchos vendedores. Los pajareros insisten en que cumplen las normas, crían las aves en casa y solo mantienen especies legales.
Para ellos, la jornada no es solo cuestión de comercio, sino de tradición, un signo de fe que resiste pese al aumento de las presiones.
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