hace 13 horas - ARGENTINA
El último Relevamiento del Estado Psicológico de la Población Argentina (2025), elaborado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA, arrojó varias cifras alarmantes. Una de estas es que el 18,67% de los participantes admitió tomar medicación para lidiar con su malestar psicológico o con problemas emocionales.
En esta encuesta, basada en las respuestas de 2213 adultos de entre 18 y 65 años de todo el país, el uso de medicación aparece como una de las alternativas más frecuentes para combatir el malestar psicológico: se posiciona en el cuarto lugar, detrás de “hablar con amigos” (40,87%), “acudir a un psicólogo” (28,8%) y “realizar actividad física” (21,28%). Por debajo se posicionó el rezo (16,79%) y el consumo de alcohol (6,02%).
El consumo de psicofármacos se mantiene alto desde la pandemia, cuando comenzó a realizarse este informe anual, involucrando año a año entre el 14% y el 21% de los encuestados.
“En muchos casos, el malestar emocional se expresa a través de síntomas ansiosos amplios, como estrés, irritabilidad o insomnio, que llevan a buscar alivio rápido, como la medicación”, explicó el doctor Martín Etchevers, secretario de Investigaciones de la Facultad de Psicología, profesor titular de Psicología Clínica y uno de los autores del estudio.
Los motivos detrás del uso de medicamentos para lidiar con el malestar emocional informados en el último informe del OPSA están encabezados por la necesidad de dormir (21,28%) y disminuir la ansiedad (18,29%).
El documento destaca, en paralelo, que el 58,69% de la población reporta dificultades frecuentes para dormir, mientras que el 55,74% de quienes atraviesan una crisis atribuyen su malestar a factores económicos, como ingresos bajos o deudas.
El médico psiquiatra Ricardo Marcelo Corral, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras, observó que el consumo de psicofármacos se profundizó tras la pandemia, como consecuencia de un aumento general del malestar emocional.
“La pandemia generó mayor consumo de alcohol, aumentaron los trastornos del sueño y la gente tomó más medicación sedativa, ansiolíticos e hipnóticos. El problema es que esto se fue prolongando en el tiempo y también creció la automedicación o el consumo sin control. Incluso hay personas que utilizan alcohol para dormir, lo cual es perjudicial para la salud. ¿En qué caso está indicado para el malestar psicológico? La respuesta es muy contundente: nunca”, afirmó Corral.
A su vez, el 5,75% de la población toma medicación sin receta médica, de acuerdo a los resultados del informe de la OPSA. Esta práctica, sumada a la falta de controles, puede derivar en problemas de dependencia o en la cronificación de síntomas que inicialmente eran transitorios, destacan los especialistas.
“Quienes se automedican tienen más probabilidades de desarrollar problemas. Si una persona atraviesa una crisis vital y recurre a medicación sin control, puede obtener alivio en el corto plazo, pero complicar su situación a largo plazo. Por ejemplo, alguien con insomnio que consume hipnóticos sin supervisión médica entra en un riesgo claro”, señaló Cristian Garay, integrante del OPSA, profesor de Psicología de la UBA.
Destacó que en la Argentina existe una cultura extendida de automedicación. “Hay tasas altas, poco control y facilidad para acceder a los fármacos. Muchas veces se recurre a esta vía porque es más accesible que un tratamiento psicológico, aunque no siempre sea la opción adecuada. Toda medicación requiere supervisión médica, idealmente de un psiquiatra”, afirmó.
Frente a este escenario, los especialistas coinciden en que es necesario fortalecer estrategias más saludables para abordar el malestar emocional. “Las circunstancias se resuelven afrontándolas, con herramientas de otra índole. La medicación está reservada para cuando hay enfermedad mental, es decir, cuando se pierde la salud mental”, explicó Corral.
El especialista remarcó que no todo malestar implica enfermedad: “El malestar puede surgir por distintas razones: porque a alguien le fue mal en algo, por una pérdida o por situaciones cotidianas. No tiene que ver necesariamente con una enfermedad. Todos atravesamos malestar en algún momento del día. La vida, las circunstancias y las crisis no son medicalizables”.
Garay, por su parte, enfatizó la importancia de los hábitos: “Hay tres pilares fundamentales: la actividad física, el cuidado del sueño y la alimentación. Dormir bien permite procesos clave para la regulación emocional, como la memoria y otras funciones psicológicas. Si las personas cuidan estos factores, tienen menos probabilidades de desarrollar problemas de salud mental”.
A esto se suma la necesidad de sostener abordajes integrales. La medicación es válida cuando está indicada por un psiquiatra, con control y seguimiento. “Tiene que tener un enfoque más amplio, como la combinación de farmacoterapia y psicoterapia. Además, es clave fortalecer estrategias que ayuden a recuperar la regulación emocional, como el tratamiento psicológico, los hábitos saludables y evitar el aislamiento. Las personas necesitamos vincularnos, buscar apoyo y aprender de otros”, explicó Etchevers.
El estudio también muestra otros datos alarmantes, por ejemplo, una brecha entre necesidad y acceso a tratamientos psicológicos. El 50,05% de quienes no realizan terapia considera que la necesita. Un 43,44% reporta no poder pagarla.
“La demanda de atención en salud mental aumentó, especialmente desde la pandemia, y no se ha resuelto en términos de disponibilidad y cobertura. La salud mental requiere atención e inversión sostenida en el tiempo, más allá de los momentos de mayor visibilidad por eventos críticos puntuales”, explicó Etchevers.
El riesgo de padecer un trastorno mental, de acuerdo a un indicador creado por el OPSA, se sitúa en un 6,5%, y es significativamente más alto en jóvenes y en sectores de menores ingresos. “Los jóvenes y los sectores de menores ingresos presentan mayores niveles de ansiedad y depresión. Nuestros datos lo muestran de manera consistente: se trata de una interacción entre factores evolutivos y contextuales que incrementa la vulnerabilidad, especialmente cuando hay menos recursos disponibles”, sostuvo Etchevers.
Garay aportó una mirada amplia sobre las causas de esta mayor exposición al malestar: “En los jóvenes hay múltiples factores en juego: el impacto de las nuevas tecnologías en la imagen corporal, en las relaciones interpersonales, de pareja y con la sexualidad, así como el acceso facilitado al juego en línea. A eso se suman condiciones estructurales, como mayores niveles de pobreza, trabajo informal y una sensación de incertidumbre persistente”.
Y agregó: “La falta de control sobre aspectos como el ingreso económico incrementa el estrés. Existe una relación entre vulnerabilidad individual y nivel de estrés: en contextos muy estresantes, aumenta la probabilidad de desarrollar problemas de salud mental. Sin estar en una guerra, la Argentina atraviesa una situación de incertidumbre económica sostenida que no favorece la salud mental”.
En cuanto al riesgo suicida, el informe identifica diferencias claras por edad. Los jóvenes de entre 18 y 29 años presentan los niveles más altos, mientras que estos indicadores disminuyen progresivamente con la edad, siendo los mayores de 60 años el grupo con menor riesgo.
“Hay dos etapas vitales en las que aumenta la prevalencia del riesgo suicida: la adolescencia y la adultez mayor. Aunque este último punto se ha ido modificando, ya que hoy muchas personas mayores de 60 o 70 años continúan activas y con un propósito vital”, dijo Corral.
El informe también abre interrogantes sobre nuevas formas de afrontar el malestar psicológico. El uso de inteligencia artificial como apoyo emocional, un fenómeno cada vez más extendido, aparece asociado a mayores niveles de malestar. Según los datos, el 97,19% de los participantes utiliza redes sociales y el 58,98% utiliza inteligencia artificial como apoyo psicológico, vinculando su uso con mayor sintomatología ansiosa y malestar emocional, aunque sin diferencias en síntomas depresivos.
“En nuestros datos la IA aparece como una herramienta cada vez más presente en situaciones de malestar, por ejemplo para interpretar mensajes, tomar decisiones o buscar apoyo. Las IA pueden ser útiles, pero cuando comienzan a ocupar un rol central en la regulación emocional o en la interpretación de situaciones interpersonales, se abre un campo de interrogantes que requiere más estudios”, concluyó Etchevers.
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