hace 9 horas - ARGENTINA
“Los gauchos fueron los primeros en defender nuestra soberanía en las islas”, afirma Marcelo Beccaceci, autor de un libro que demuestra su presencia como los primeros pobladores argentinos en las islas Malvinas. “La mayoría no lo sabe, pero fueron gauchos y están enterrados allí sin que nadie los recuerde”, sostiene Beccaceci. Algunos en cementerios, otros en el interior de las remotas estancias del archipiélago. Ninguno tiene lápida.
“Es una historia que pocos conocen pero que no se puede negar”, asegura Beccaceci. En el cementerio de Darwin, al lado de las 230 cruces blancas de los soldados que entregaron sus vidas en la guerra de 1982, a dos kilómetros de Puerto Darwin se ve una tumba solitaria que se pierde en la inmensidad. “Es la del gaucho correntino José María Arguello: no hay placas, ni flores de plástico ni mucho menos un rosario para recordarlo”, semana Beccaceci.
Gauchos en Malvinas es el título de su libro. Tuvo repercusión en las islas. “Muchos kelpers pensaban que era todo falso, pero cuando vieron las evidencias tuvieron que aceptar esta verdad”, afirma. La presencia de estos gauchos se evidencia en una serie de acuarelas que pintó Willian Dale, hijo del primer gerente de la Falkland Islands Company. Además de estas obras, el legado de los gauchos se puede ver en corrales de piedras y ranchos en ruinas, alambrados, algunos accidentes geográficos, en la tradición soguera y hasta en la manera de asar la carne en el entorno rural malvinense.
La historia comienza en 1824 con la llegada de los primeros 26 gauchos en la goleta Rafaela y el bergantín Fenwick, comandada por Pablo Areguatí y Emilio Vernet, hermano de Luis, quien ejerció la primera comandancia política y militar en las islas con jurisdicción “a las islas adyacentes al Cabo de Hornos”. Bajo la ocupación española, habían quedado ganado vacuno y caballar que se reprodujo en libertad y sin control.
“Gran parte de esos gauchos vivieron en condiciones extremas”, dice Beccaceci. Mendigando, soportando inviernos interminables, enfermedades y toda clase de penurias. “Es hora de honrarlos y saldar la deuda de este olvido”, sugiere el autor.
El diario La Gaceta Mercantil estimaba que para la fecha de llegada de esta expedición colonizadora “no habría menos de 40.000 cabezas de ganado, con un sinnúmero de caballos salvajes”. Desde aquel año hasta 1888 los gauchos argentinos fueron protagonistas en la historia de las islas Malvinas. ¿Dónde están enterrados?
Además de la de Arguello, el autor del libro, quien viajó a Malvinas para completar su investigación, encontró la tumba de Manuel Coronel, un gaucho célebre que acompañó a Charles Darwin cuando llegó en 1834 a bordo del HMS Beagle bajo las órdenes del Almirante Fitz Roy. Está en una estancia cerca de Puerto Luis (Puerto Soledad), sede del gobierno español y luego argentino. Arguello y Santiago López, otro gaucho, llevaron al famoso naturalista tierra adentro.
En su crónica Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Darwin escribe sobre esta aventura a caballo por el interior de la isla Soledad. “Queda fascinado por la destreza de los gauchos y por el asado con cuero”, dice Beccaceci. En efecto, en su relato, el inglés, describe cómo en la llanura ondulada ven ganado cimarrón y López sin titubear esgrime su boleadora que le permite alcanzar una vaca.
“Cortó pedazos de carne con la piel, pero sin huesos, y cenamos “carne con cuero” Si aquella noche hubiese cenado con nosotros algún digno concejal, sin duda la carne con cuero pronto se habría hecho famosa en Londres”, escribe Darwin. El gaucho Coronel se casó una esclava negra (también llegaron junto a los jinetes) llamada Carmelita y falleció en 1841.
“El cementerio de Puerto Luis es casi una fosa en común”, afirma Beccaceci. A los mencionados gauchos, se le suman en el olvido esclavos y colonos de todas las nacionalidades, principalmente franceses que estuvieron en las islas en diferentes momentos históricos. Es el primer cementerio de las islas. “También están enterrados muchos gauchos uruguayos”, cuenta Beccaceci.
En el cementerio de Puerto Argentino yace Fermín Escalante, gaucho santafesino que murió en 1871. Fue uno de los más longevos y los ingleses lo censaron en 1852. En el mismo campo santo descansan dos gauchos más: Félix García, oriundo de la Patagonia, y Celestino Zapata, que llegó a Malvinas en 1855 pero tuvo un final trágico: murió de desnutrición. “Al momento de morir sólo tenía una única posesión: su poncho”, sostiene Beccaceci.
“Todas las tumbas de los gauchos tienen algo en común: nadie las registra ni allí, ni en el continente”, afirma el autor. “Son ciudadanos argentinos que esperan reconocimiento”, agrega Beccaceci.
¿Cómo fueron a parar a las Malvinas gauchos del litoral, de la Patagonia y de Buenos Aires? Las islas fueron avistadas en 1520 por la expedición de Fernando de Magallanes cuando estaba buscado el pase entre el océano Atlántico y el Pacífico. A través de los siglos tuvieron presencia francesa, inglesa y española. Estos últimos fueron quienes dejaron ganado que se hizo cimarrón. El archipiélago era un lugar visitado por loberos y balleneros. Eventualmente fondeaban para faenar vacas y seguir viaje en las oscuras y heladas aguas del fin del mundo.
El 6 de noviembre de 1820 el corsario norteamericano David Jewett, a servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, izó por primera vez la bandera argentina en Puerto Soledad. En esos años la corona británica no tenía en la mira a las islas. Debido a la abundancia de ganado cimarrón, algunos vieron allí una oportunidad de hacer un negocio. Luis Vernet fue ese hombre. Como asegura Beccaceci en su obra, en 1824 envió a su hermano Emilio a hacer una expedición de vanguardia donde llevó a los primeros gauchos.
El objetivo de la empresa era usar a los gauchos para “matanzas de ganados alzados vacuno y caballar”. Sin embargo, fracasó. El barco volvió a Buenos Aires, pero dejó a ocho gauchos que fueron los únicos habitantes de las islas durante un año. En 1825 Luis Vernet suscribió en Buenos Aires un contrato con varios gauchos para formalizar su proyecto comercial y colonizador.
Las condiciones del contrato establecían la paga y las obligaciones para los gauchos. La primera se fijó en tres pesos por potro domado y dos reales por la captura de cada bagual. Entre las segundas se mencionaba que ellos “no debían aflojar jamás” y si alguno no salía a trabajar “por flojo se descontará de su haber el dinero ganado que se repartirá entre sus compañeros si estos y el encargado lo perdonan”. Figuraba que podrían comer toda la carne que quisieran siempre y cuando no sea de un animal grande. Estos eran reservados para el cuero.
En 1843 el teniente Richard Moody, el primer gobernador inglés en las islas, ordenó contratar más gauchos, esta vez en Montevideo. A partir de ese año, llegaría una segunda oleada de gauchos argentinos, que embarcaron desde el puerto uruguayo.
“Vernet no cumplió con una obligación esencial”, afirma Beccaceci. En el contrato prometía que se haría cargo del viaje de regreso al continente. No lo hizo. A los gauchos se les sumaron esclavos y esclavas jóvenes, quienes podrían recuperar su libertad después de diez años de trabajo. La colonia en Puerto Luis (el nombre fue puesto en honor a Vernet, luego se modificaría a Puerto Soledad) tuvo prosperidad por poco tiempo.
“Los gauchos cuidaron nuestra soberanía”, reafirma Beccaceci. Loberos y balleneros depredaban el mar y las costas de las islas. Ellos abordaban los barcos con sus facones para establecer un límite a la explotación de los recursos. Vernet le pidió al gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, que le envíe un barco de guerra y solicitó presencia militar. El pedido no fue contestado. En 1831 la historia de las islas comenzó a cambiar.
Paradojas de la historia: el responsable de hacer cumplir el orden bajo la bandera argentina fue el lugarteniente de Vernet, el inglés Mattew Brisbane. En 1831 éste, junto a un grupo de gauchos, abordó a tres buques estadounidenses, las goletas Superior, Breakwater y Harriet. Los confiscaron la carga e incautaron las embarcaciones. Esto desencadenó un conflicto internacional. Vernet regresó a Buenos Aires a bordo de la Harriet para comunicar a las autoridades nacionales sobre lo sucedido.
Estados Unidos consideró que Argentina no tenía ningún derecho sobre las islas y envió a la nave de guerra Lexington, fondeada en Montevideo, a las Malvinas sin importar la resolución judicial del conflicto. Ya en Puerto Luis, los estadounidenses sembraron el caos. Entraron a los ranchos de los gauchos y saquearon todo lo que encontraron a su paso. En simultáneo, el cónsul norteamericano en Buenos Aires se reunió con su par británico para hacer causa común y no reconocer la autoridad argentina en las islas.
El 2 de enero de 1833 arribó a Puerto Luis el navío inglés Clio con el capitán John James Onslow, quien echó a los militares argentinos que habían llegado para poner orden luego de la barbarie norteamericana. “Pero dejó a los gauchos”, dice Beccaceci. Gran parte de aquel año doce gauchos y algunos colonos fueron los únicos habitantes de las islas. No hubo presencia militar argentina, ni británica. “Esa fue la última oportunidad que tuvimos para reafirmar nuestra presencia allí”, reflexiona Beccaceci.
Curiosamente el capitán inglés anota en su bitácora: “Lamento decir que observé un estado de desánimo entre los gauchos, parecían insatisfechos con su paga”. Él mismo intercedió ante los empleados de Vernet para que el trato con nuestros gauchos fuera más justo. No lo fue.
“El gaucho Rivero no luchó contra ningún inglés ni enarboló la bandera argentina”, afirma Beccaceci desmitificando al personaje que se encuentra en los billetes de 50 pesos. Según su investigación, basada en documentos oficiales argentinos y británicos, en agosto de 1833 tres gauchos, bajo el liderazgo del entrerriano Antonio Rivero, asesinaron a cinco de los principales habitantes de Puerto Luis, todos ellos empleados de Luis Vernet.
Bajo la administración de Vernet hubo un gran descontento entre los gauchos porque no les pagaban en moneda legal, sino en vales que podían canjear por alimentos en el almacén del propio Vernet. Sin presencia militar, reinó el caos. “Rivero logró llamar la atención de los ingleses”, advierte Beccaceci. Hasta entonces la Corona sólo había dejado la orden de izar la bandera británica cuando llegara un barco y los domingos. Cuando Rivero realizó los asesinatos, los ingleses volvieron para nunca más irse.
Cuando se produjo la masacre, un grupo de gauchos se escapó tierra adentro y otros, a unos islotes. El 7 de enero de 1834, llegó a Puerto Luis el navío Challenger con el teniente inglés H. Smith, quien hizo lo que venía a hacer: poner orden. Rivero y sus partidarios fueron tomados prisioneros. En esos días estaba el HMS Beagle en el puerto y Smith le pidió a Fitz Roy que llevara a Rivero a Río de Janeiro. Allí, otra nave lo embarcaría al Reino Unido.
La Corte de Londres se declaró incompetente porque “no tenía jurisdicción sobre las islas Malvinas” y lo enviaron nuevamente a Montevideo, donde se perdió en la noche de la historia. “Algunos mencionan la participación de Rivero en el combate de la Vuelta de Obligado”, dice Beccaceci.
De todo el grupo de gauchos que vivió en Malvinas, sólo existe una tumba con lápida en un lugar importante del cementerio de Puerto Argentino, la de Antonina Roxa, que llegó con Vernet en 1830 con veintitrés años y fue por mucho tiempo la única partera. Consiguió un trato con los ingleses para continuar convirtiendo ganado cimarrón a manso y alcanzó notoriedad. Incluso fue dueña de una importante parcela de campo donde tuvo su propio tambo. “Anda a caballo como un hombre y es habilidosa en el uso del laso”, dijo de ella el inglés Smith.
En 1841 Roxa, una de las últimas argentinas que quedaban en las islas, prestó juramento a la Corona británica. Para 1869 quedaban veinte gauchos. En 1883 se mataron los últimos vacunos salvajes y para 1888 se cerró la era de nuestros paisanos en las islas, que durante 65 años fueron una pieza fundamental en la historia isleña. “Sus tumbas esperan en vano que alguien las visite”, concluye Beccaceci.
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