Soberbios, arrogantes, ruidosos, ventajeros, caóticos, ingeniosos, corruptos. A la lista de adjetivos que suelen acompañar las caracterizaciones generalizadas de "los argentinos", pareciera haberse sumado otro tras el Mundial 2026: racistas.
El debate ya había surgido en 2022 en consonancia con un artículo del Washington Post titulado "¿Por qué la Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?". Hace pocos días, la acusación sumó un nuevo interlocutor: el actor estadounidense Samuel L. Jackson habló de nuestro país como "uno de los más racistas del mundo". El tema se instaló en redes sociales junto con un sentimiento antiargentino y hasta llegó al Congreso de los Estados Unidos. La legisladora Jasmine Crockett (Texas) consideró que "la gran mayoría del mundo" apoyaba a España en la final del Mundial por "la historia racista" de su contrincante.
El texto del artículo "¿Por qué la Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?", del Washington Post, luego fue corregido
Lejos de cualquier respuesta cerrada, antropólogos, sociólogos e historiadores coinciden en que se trata de un fenómeno complejo, con particularidades históricas y sociales propias. "El racismo existe en todos los países. Entonces, cualquier dicotomía que se plantee entre países racistas o no racistas es una ficción. En la Argentina es un fenómeno muy complejo, tanto que es hasta difícil explicárselo a un extranjero", advierte el antropólogo Javier Bundio. Tanto él como otros especialistas consultados coinciden en que, en la Argentina, el fenómeno muchas veces se invisibiliza, tiende a negarse o a naturalizarse.
"Creo que lo que está pasando nos tiene que hacer reflexionar sobre las redes y la amplificación de las emociones negativas. Nada de eso es casual. Quizás hay que aprovechar para debatir. También podemos aprovechar, aunque sea un poco más difícil y doloroso, para hablar sobre racismo", apunta la historiadora Magdalena Candioti. Subraya que, aunque en la Argentina "no hubo prácticas de segregación racial formal", eso no implica la ausencia de racismo.
"Nuestro país emergió con una promesa de igualdad, que es algo muy bonito, pero no siempre se dio así en la práctica", dice. Y explica que el relato nacional, consolidado desde el siglo XIX, se apoyó en la idea de una Argentina blanca y europea, un proyecto de país con exclusión de derechos para la comunidad negra. "Cuando marcamos que abolimos la esclavitud antes que Estados Unidos, nos olvidamos de que la misma Constitución que abolió la esclavitud es la que dijo: 'Necesitamos promover la migración europea', porque se pensaba que las personas que estaban acá no eran aptas para construir una nación", destaca, a la vez que explica que aún tenemos herencias racistas y que el color de piel sigue siendo un factor discriminatorio.
Bundio sostiene que en la Argentina la discriminación está "muy atravesada por la clase", caracterizada como una "racialización del inmigrante, trabajador y pobre". Y explica: "Es un arrastre de categorías coloniales y que ha adquirido diferentes formas a lo largo del tiempo: cabecita negra, negro villero, negro boliviano..."
El antropólogo y sociólogo Alejandro Frigerio, por su parte, cuestiona el "mito de la excepcionalidad argentina", según el cual el mestizaje habría eliminado el racismo. "Cada país tiene sus propios otros internos que son discriminados", señala y además varían por regiones.
"Había una población negra. Cuando llegaron las olas de inmigración europea, el porcentaje de la población negra se redujo drásticamente. También hubo mestizaje, muchos inmigrantes tuvieron hijos con mujeres negras. Hubo una disminución bastante súbita de la población negra, pero también porque, en determinado momento, la gente que era considerada trigueña pasó a ser considerada como blanca", ahonda. Luego apunta que se dio un pasaje desde "negros racionales a negros populares", y que muchas veces esa dimensión queda solapada por la discriminación clasista.
Desde la organización Identidad Marrón, el abogado Alejandro Mamani aporta otra perspectiva: "Argentina es racista, pero no somos tan especiales: lo somos como todo Latinoamérica hispanoparlante".
"Es una deuda pendiente que nosotros expliquemos lo que es el racismo en nuestro lugar. Con sus estándares éticos, Estados Unidos, Alemania o España estan queriendo enseñarnos cómo debería ser nuestra sociedad", remarca.
Explica que en el país la discriminación se dirige especialmente hacia personas indígena-descendientes y se sostiene en estereotipos que las asocian a la marginalidad: "sucio, tonto, maleducado, salvaje". "La pobreza tiene un color. En una villa quizás hay algunos fenotipos afros, pero hay, sobre todo, quienes nosotros llamamos 'marrones', personas de ascendencia indígena. Sabemos que están en los barrios, en el bondi, pero no están en otros contextos. La pregunta de por qué son todos blancos no aparece nunca y a nivel país no es así", apunta.
También marca que, desde la organización buscan llevarlo a un punto técnico y mostrar como se materializa el problema: "Hay que encontrar dónde están. El problema es si yo no tengo el mismo acceso a la justicia por eso, o si cuando salgo de un shopping se asume que he robado o si la policía me persigue más. Si no tenemos las mismas posibilidades, o representación".
Candioti suma además otra dimensión: "Gran parte de la sobreatención internacional está ligada al protagonismo que quiso tener nuestro Presidente en este sentido. Un gobierno que decidió deshacerse del Inadi y que no cuenta con una política destinada a combatir la discriminación. Además, fue, junto con Estados Unidos e Israel, los únicos países que rechazaron declarar el tráfico esclavista como el crimen de lesa humanidad más grave de la historia, en una resolución de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)", apunta.
A esta lista podría sumarse además las voces políticas que opinaron durante el Mundial, como Santiago Caputo, quien tuitteó "Que piedra se volvió ser negro. Es culpa de Hollywood. Las advertencias fueron debidamente presentadas", luego de la derrota de Brasil frente a Noruega. O la vicegobernadora de Mendoza, Hebe Casado, que llamó a la selección de Francia "equipo africano".
La ola "antiargentina" que inundó las redes sociales encaja con el discurso de Milei, quien suele repetir que Occidente está en peligro y generó, además, un suelo fértil para endurecer ciertas leyes. El gobierno aprovechó el contexto para recordar su interés en arancelar la salud pública y la universidad. El presidente del bloque en la legislatura bonaerense, Agustín Romo, presentó un proyecto para hacerlo en la provincia de Buenos Aires. "Así que hay extranjeros que viven en Argentina, estudian gratis en Argentina, se atienden gratis en hospitales Argentinos mientras odian a la Argentina? Perfecto. Acabo de presentar un proyecto para arancelar la salud y la educación a extranjeros en la provincia de Buenos Aires", escribió en su cuenta de X.
El debate actual no puede separarse del modo en que circula en el ecosistema digital. "Es interesante como caso que combina un medio mainstream tradicional y luego una amplificación exacerbada en redes", explica el investigador Martín Becerra, quien marca, además, una característica adicional a proceso de "aplanamiento y desjerarquización del saber experto" en la conversación pública.
"Es un eco de lo que vimos en pandemia o vemos en microdosis en el cotidiano, pero ya es parte de la cultura. Ya no es solo de las redes digitales sino que se ha instalado de manera generalizada. En esta discusión en particular me hace mucho ruido, porque toma como ejemplo un combinado de fútbol. Muchos de los que opinan son gente preparada que no considerarían que ese indicador apto en cualquier otra discusión por lo que ahora los propios expertos contribuyen al descrédito de la palabra experto. Ese espíritu de época se autojustifica con que todo pasa tan rápido, pero la acumulación retroalimenta ese espíritu de época, porque, en definitiva, nada es importante", analiza.
El especialista en comunicación Carlos Scolari, profesor del departamento de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona señala que las redes tienden a intensificar los conflictos. Los algoritmos, explica, premian los discursos más radicales o refuerzan permanentemente nuestros gustos y posiciones, lo que contribuye a sobredimensionar ciertos fenómenos.
"Lo que ha pasado en las últimas semanas alrededor del Mundial de Fútbol es una alerta. El año próximo hay elecciones en España, Argentina y otros países. No es para descartar que durante esos procesos electorales se termine adoptando el mismo tipo de discusión pública degradada y simbólicamente violenta de estos días, incluso propulsada por los mismos candidatos y partidos. La ira y el odio parecen ser los principales vectores de movilización en las sociedades contemporáneas", advierte.