Los héroes de ahora y los de Italia 90: un puente que aplaude el segundo puesto de la selección argentina en el Mundial

2026-07-20 12:11:29 - ARGENTINA

Lluvia. Frío. Fecha crucial para la historia argentina: 9 de julio. Ese día de 1990 se mezclaron –por enésima vez– el fútbol, la política y los sentimientos. El desfile por los festejos del 174° aniversario de la Declaración de la Independencia encontró a un país ido mentalmente, dolido por la caída en la final del Mundial de Italia. El 1-0 de Alemania era una llaga en carne viva y las lágrimas de Diego Maradona habían ablandado hasta los corazones de mármol. Todo había pasado un día antes, muy lejos, en Roma, donde quedó demostrado que los segundos puestos también pueden ser reconocidos. El plantel lo comprobó con la voz quebrada delante de una Plaza de Mayo repleta, desde un balcón de la Casa Rosada que aún parece pertenecerle.

Hoy, otra vez con un subcampeonato del mundo a cuestas, tras el sinsabor en Nueva Jersey, y a la espera de cómo será la recepción para Lionel Scaloni y sus muchachos tras la caída frente a España, vuelven aquellas imágenes que todo lo superaron. Inclusive a las de 2014, cuando la Argentina perdió el título con Alemania en Brasil. Esa fue otra situación, más íntima y cerrada con el plantel dirigido por Alejandro Sabella. Aquel homenaje del 90 revolotea por la mentes por estas horas, a la espera de que Lionel Messi y Cía. pisen el aeropuerto de Ezeiza. Este plantel sabe de recepciones históricas: cómo olvidar el regreso de Qatar, en 2002. Claro que por entonces llegaron el trofeo en sus manos.

Bien vale reconstruir esos días de 1990. Carlos Bilardo y los muchachos lejos estuvieron de imaginarse la bienvenida que los esperaba. Ellos, por filosofía e ideología, sufrieron la derrota como si fueran latigazos. Pero acá, muy lejos, la gente recompensó el recorrido por una Copa del Mundo que les deparó frustraciones, angustia, dolor, alegría, ilusión y una gran injusticia. El penal que el mexicano Edgardo Codesal cobró a favor de Alemania fue la excepción: no todas las películas terminan bien.

Los jugadores argentinos tardaron casi seis horas desde Ezeiza hasta la Casa Rosada, donde los recibió el por entonces presidente Carlos Menem. El ómnibus que los transportaba avanzó a paso de hombre. Banderas, letreros, camisetas y escarapelas formaron un paisaje que esfumó de sus mentes el aura perdedora. Ellos, incrédulos, siguieron la marcha como pudieron. No hubo que confundirse: se premió mucho más que a un equipo de fútbol que se sostuvo de milagro en la competencia y que estuvo a punto de consagrarse bicampeón, en medio de una cadena de situaciones adversas y de rivales superiores.

"Lo que pasó fue impresionante para todos nosotros. Sobre todo para los más grandes, que sabíamos que se terminaba un ciclo muy lindo. Lo de la gente fue conmovedor. Tardamos más de cinco horas desde el aeropuerto hasta la casa de gobierno. Veníamos golpeados y tanto cariño nos levantó el ánimo", recordó Julio Olarticoechea, a LA NACION.

Aunque este caso es tan curioso que la mirada retrospectiva tiene el mismo valor que aquella impresión shockeante. Fueron palabras en caliente que, en un par de casos, significaron una verdadera declaración de principios, digna para reflotar desde el archivo.

"Fueron ocho años de lucha, de sacrificio, y creo que por fin la gente entendió a la selección de Bilardo. Ahora, los bilardistas somos muchos […] Lo que más me dolió fue que silbaran el himno. No se los voy a poder perdonar nunca a los italianos. Lo que hice, lo haría otra vez". Los de Maradona fueron dichos de plomo.

La plaza, la gente, las banderas y el sentimiento de arrebato formaron una acuarela patriótica bajo un cielo encapotado. "¡Argentina! ¡Argentina!". Agitaban los brazos Bilardo y Maradona, con la camiseta puesta, de mangas corta pese a los 7°. Menem sonreía. Claudio Caniggia, con pelo suelto y campera de cuero, se asomaba frente a la inmensidad. Allí también estaban algunos campeones del 86. José Luis Brown, Héctor Enrique y Nery Pumpido, que se volvió por lesión de Italia 90. Menem solía invitarlos a ver juntos los partidos. A sufrir y a soñar.

"Fue una verdadera epopeya. Le dije a Diego que fue el capitán de una de las selecciones más hermosas que tuvo el fútbol argentino", opinó Menem, que por unas horas pudo distraerse de la crisis económica que acechaba al país y de los conflictos personales con Zulema Yoma, en una relación que luego desembocaría en un anunciado divorcio.

"Es emocionante por el pueblo. Nunca, nunca vi nada igual. Desde que salimos. Tanta gente, tanta gente que nos ha seguido […] No me quiero ir de este país. A pesar de las ofertas que recibí del exterior, yo me quedo. Es el día más alegre de mi vida. Creo que llegó la hora de que los argentinos estemos como ahora, unidos. ¡Salimos adelante!". El mensaje de Bilardo anudó varias gargantas.

La política sobrevoló la campaña albiceleste. Menem se había reunido con Bilardo antes del Mundial. Fue el 17 de abril de 1990, en una comida en la quinta de Olivos. Allí se convenció de que su comprovinciano Ramón Díaz no tendría lugar en el equipo por la influencia de Maradona. De todos modos, el presidente no dudó aquel día. "Bilardo es el mejor DT del mundo", se animó. Menem viajó a Roma y, un día antes del debut ante Camerún, le entregó una distinción a Maradona: el título de Embajador Deportivo de la Argentina.

Nunca imaginaron que terminarían todos en un balcón de la Casa Rosada. Segundos, pero con honores de campeones.

Fuente: google.com